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La voluntad de Jesús y la voluntad del Padre

Por Enrique Cases
Publicado el 13 de mayo de 2011
Benedicto XVI. Jesus de Nazareth II.
 
Es muy ilustrativo el comentario de Benedicto XVI-Joseph Ratzinger sobre la agonía de Cristo. Ciertamente se presenta como uno de los textos más difíciles sobre Jesús, y, por tanto, de los más comentados en la teología y la espiritualidad. El “No se haga mi voluntad sino la tuya” (Lc 22,42) sigue y seguirá siendo una ventana abierta al interior más profundo de Cristo. Benedicto XVI echa una rápida mirada a la Iglesia antigua que tiene ansias de conocer y expresar mejor quién es Jesús. Para ello mira los grandes concilios desde Nicea (325) hasta Calcedonia (451) en que se trata de comprender la unión de la divinidad con la humanidad con la formula de dos naturalezas –la humana y la divina- y una única Persona -la divina del Verbo-. Aún así, más adelante en algunos al considerar la agonía de Jesús en el huerto rebrota una nueva forma de monofisismo que no puede aceptar que en Jesús existan dos voluntades, pues podrían oponerse y eso es imposible. Esta herejía se llamó monotelismo pues defiende que hay una única voluntad en Jesús, pues una persona con dos voluntades sería esquizofrénica. La persona se manifiesta en la voluntad, y si hay una sola persona, no puede haber más que una sola voluntad. ¿Qué ocurre con esta solución? Que se pierde la humanidad de Jesús una vez más.
El Papa cita a uno de los grandes defensores de la doble voluntad que es Máximo el Confesor (+ 662) que se enfrenta con valentía con el misterio distinguiendo la voluntad natural, propia de la naturaleza humana, y la voluntad personal, que es única y acoge en sí la voluntad natural humana elevándola y alcanzando su cumplimiento. Así surgen las acciones teándricas en que las voluntades actúan al unísono siendo el fruto humano y divino al tiempo.
Es muy importante para la cultura actual la luz sobre la voluntad y la libertad humana, pues han sido ampliamente cuestionadas. Para Spinoza y Hegel, como para los marxistas posteriormente, la libertad es “tomar conciencia de la necesidad” o la “ignorancia de la necesidad”. En los voluntaristas la libertad está mermada. El parecer de Schopenhauer respecto de ella es reductivo si no negador de la misma. Sostiene que todo hombre depende de una voluntad única y ciega de la que no podemos saber nada porque es arbitraria y al margen del conocimiento. Nietzsche tampoco admite la libertad, porque acepta el destino, el eterno retorno. Ser libre para él es aceptar que todo lo que sucede es necesario, con la necesidad del eterno retorno. Los materialistas llegarán a la misma conclusión. Triste final y prueba de sus sistemas de pensamiento; ya dice Santo Tomás que la voluntad es una facultad oscurísima para ser explicada.
La voluntad se mueve irresistiblemente atraída por el Bien. Tanto que en la elección mala busca con la inteligencia el aspecto bueno que le conviene, pues nada es intrínsecamente malo. El inicio del movimiento voluntario es la buena voluntad (buscar el bien). Después la voluntad se mueve en el amplio campo ético, que son caminos que conducen al Bien en sí. En este caminar ético la voluntad elige libremente. Colaboran la inteligencia, la afectividad, los hábitos, el cuerpo, la meta es alcanzar un estado de paz en la voluntad, que podemos llamar voluntad buena, esta quietud no es muerte, sino descanso activo en el Bien. Reposo gozoso. La inteligencia se enriquece con el pacífico descanso y contemplación de la Verdad, pasando de la búsqueda a la contemplación, el corazón goza en el éxtasis de ver, tener, contemplar y sentir la Belleza. El ser humano ama con todas sus potencias. Esta es la meta. El camino es áspero. Platón lo describe como una ascensión desde la miseria hasta la contemplación por la teoría. Aristóteles lo ve en el desarrollo virtuoso en un equilibrio que observa la realidad humana con enorme agudeza. Los eudemonistas se quedan en una ética de una imposible búsqueda de la felicidad en realidades más bien sensuales. Los cínicos en provocar a lo bienpensantes, gozo pequeño. Los escépticos viven en un estado de "casi muerte, diciendo que no se sabe nada, cosa que es imposible intelectualmente. Los utilitaristas disfrazan el egoísmo en su visión miope del hombre, y están detrás de los que inventan morales a la medida que se rompen en cuanto los demás les aplican a ellos su modo egoísta de actuar y les mienten, les roban, les insultan etc.[1].
La voluntad humana está herida en el origen. Existe una mala voluntad inicial. La perversión no es total, pero sin esta experiencia es imposible explicar la conducta antiética en la mayoría de los casos. La voluntad herida explica la rebelión absurda, la elección contra razón, el odio, la ausencia de perdón, la desviación al vicio, la insuficiencia de la educación que sólo se dirige a la inteligencia, la tozudez ante lo evidente, la crueldad, las acciones antinaturales y bestiales[2].
En este punto Benedicto XVI-Ratzinger toma la iniciativa y da un propuesta muy luminosa. “El drama del Monte de los Olivos consiste en que Jesús restaura la voluntad natural del hombre de la oposición a la sinergia, y restablece así al hombre en su grandeza. En la voluntad natural de Jesús está, por decirlo así, toda la resistencia de la naturaleza humana contra Dios. La obstinación de todos nosotros, toda oposición contra Dios está presente, y Jesús, luchando, arrastra a la naturaleza recalcitrante hacia su verdadera esencia”[3]. Y añade: “Aquí habla el Hijo, que ha tomado sobre sí la voluntad humana y la ha transformado en voluntad del Hijo”[4].
 
 
Enrique Cases
 


[1] Enrique Cases. ¿Cómo es el hombre? ¿Y la mujer? Ed Empresa&Humanismo. Reus 2007. p.34
[2] Enrique Cases. ¿Cómo es el hombre? ¿Y la mujer? Ed Empresa&Humanismo. Reus 2007 p.36
[3] Ratzinger-Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Desde la entradda en Jerusalén hasta la Resurrección. Ed Encuentro. Madrid 2011 p.190
[4] Ratzinger-Benedicto XVI. Jesús de Nazaret. Desde la entradda en Jerusalén hasta la Resurrección. Ed Encuentro. 2011. Madrid p. 192
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