El 30 de junio de 2011, con ocasión de la entrega de los "premios Ratzinger", Benedicto XVI pronunció un intersante discurso que nos ayuda a profundizar en el papel de la teología en el mundo actual y, en particular, si la teología puede ser considerada una
ciencia.
El Obispo de Roma aprovechó para analizar brevemente la cuestión fundamental acerca de qué es, verdaderamente, la “teología”. Y explicó que la teología es ciencia de la fe, tal como nos dice la tradición. Sin embargo formuló una serie de preguntas entre las cuales si ¿acaso ciencia no es lo contrario de fe? O si ¿la fe no deja de ser fe, cuando se convierte en ciencia? ¿Y no deja la ciencia de ser ciencia cuando está ordenada, o incluso subordinada, a la fe?
De estas cuestiones el Pontífice recordó que ya para la teología medieval representaban un serio problema, con el moderno concepto de ciencia que se han vuelto aún más impelentes, a primera vista, incluso, sin solución. De ahí que manifestara que se comprende “porqué, en la era moderna, la teología en vastos ámbitos se haya retirado primariamente en el ámbito de la historia, a fin de demostrar aquí su seria característica científica”. Y añadió que “es necesario reconocer, con gratitud, que con esto se hayan realizado obras grandiosas, y el mensaje cristiano ha recibido nueva luz, capaz de hacer visible su íntima riqueza”.
Benedicto XVI también destacó que “si la teología se retira totalmente al pasado, deja hoy a la fe en la oscuridad”. Mientras la verdadera pregunta que resuena es si “¿es verdad aquello en lo que creemos o no”? De donde se comprende –agregó más adelante– que la fe cristiana, por su misma naturaleza, debe suscitar la teología, interrogándose sobre la sensatez de la fe.
El Santo Padre también puso de manifiesto que
la razón experimental se presenta hoy ampliamente como la única forma de racionalidad declarada científica. Sin embargo, destacó que existe un límite a semejante uso de la razón: “Dios no es un objeto de

la experimentación humana. Él es Sujeto y se manifiesta sólo en la relación de persona a persona: esto forma parte de la esencia de la persona”.
Pero hay otro concepto de razón. Desde este punto de vista también afirmó que “el amor quiere conocer mejor a aquel que ama. El amor, el amor verdadero, no vuelve ciegos, sino videntes. De esto forma parte precisamente la sed de conocimiento, de un verdadero conocimiento del otro. Por esto, los Padres de la Iglesia han encontrado los precursores y los pioneros del cristianismo –fuera del mundo de la revelación de Israel– no en el ámbito de la religión consuetudinaria, sino en los hombres en busca de Dios, en los “filósofos”: en personas que estaban sedientas de verdad y estaban, por lo tanto, en camino hacia Dios”.
Mientras cuando no existe este uso de la razón –añadió–, entonces las grandes cuestiones de la humanidad caen fuera del ámbito de la razón y son dejadas a la irracionalidad. Por esto una teología auténtica es tan importante. La fe recta orienta la razón para abrirse a lo divino, a fin de que ella, guiada por el amor por la verdad, pueda conocer a Dios más de cerca. La iniciativa para este camino está en Dios, que ha puesto en el corazón del hombre la búsqueda de su Rostro. Por tanto, forma parte de la teología, por un lado, la humildad que se deja “tocar” por Dios y, por otro, la disciplina que se liga al orden de la razón, preserva el amor de la ceguera y ayuda a desarrollar su fuerza visiva”.
Y concluyó afirmando que con estas consideraciones sólo ha sido puesta en luz la grandeza del desafío ínsito en la naturaleza de la teología. Sin embargo, precisamente de este desafío el hombre tiene necesidad, porque ella nos impulsa a abrir nuestra razón interrogándonos acerca de la misma verdad