La Biblia es el Libro de los libros. Prácticamente todos los hombres y mujeres del planeta conocen su existencia, aunque no vivan en el ámbito de la cultura occidental o hayan crecido espiritualmente en el marco cultural semítico, como es el caso de los judíos, cristianos y musulmanes, llamados a veces pueblos del Libro.
La Biblia ocupa un lugar muy destacado en el grupo de textos sagrados donde se ha expresado y decantado en el curso de los siglos la experiencia religiosa de la humanidad. Se la menciona con razón junto a los himnos de Zaratustra, que se encaró con la cuestión vital del mal y miró a los ojos del espíritu de lo negativo; a los misteriosos Vedas hindúes, los Upanisadas y al Canto amoroso del Rey; a los textos budistas del canon palí, que son una de las creaciones más majestuosas de la reflexión humana sobre el yo y la trascendencia; al Koran, que ha originado un pueblo de creyentes que confiesa al Dios Uno en todos los espacios de la tierra.
La Biblia es el libro nacional de un pueblo étnica y lingüísticamente bien diferenciado, que en arte, ciencia, población y poder era inferior a las naciones vecinas. Pero el Libro de los libros representaba, y representa también hoy, la religión, es decir, la relación viva del hombre con Dios, como principio y fin de su existencia. La Biblia es por lo tanto, una ventana al más allá, a la vez que permite conocer a fondo la naturaleza humana. Nos dice quién es Dios y quiénes son el hombre y la mujer.
La Biblia es considerada por los creyentes cristianos la Palabra de Dios escrita. El texto bíblico se halla dotado de una singular autoridad. No es entonces juzgado por el lector, sino que, al contrario, tiene capacidad de juzgar a todo el que lo lee, con una dinámica que penetra hasta los rincones más recónditos del ser y de la personalidad. La palabra bíblica interroga y valora, es como un espejo donde el lector puede verse a sí mismo, en orden a conocerse y modificar su trayectoria vital.
La Biblia se halla dominada por la dimensión divina. Ha sido dada a los hombres para su salvación y para que puedan alcanzar con plenitud los bienes últimos, que el mundo no es capaz de proporcionar. No se ha escrito para satisfacer la curiosidad humana acerca de los enigmas y misterios del universo. No es un libro de ciencia profana, ni de política, arte o economía, aunque contenga aspectos artísticos, políticos y económicos nada despreciables.
La Biblia contiene la última y definitiva Palabra de Dios dirigida a los hombres. Dice san Juan en el cuarto evangelio que “al principio era la Palabra”. Y podemos decir que al final es también la Palabra, al igual que decimos que Jesucristo es alfa y omega. Dios abre y clausura con su Palabra la historia de la Humanidad.
Que la Biblia contenga la última Palabra divina no significa que los libros religiosos que la preceden (Avesta, Vedas, Canon budista, Koran...) carezcan de todo valor. Suponen todos una cierta preparación en la que los hombres van educando y perfeccionando su instinto y sensibilidad religiosos, y Dios prepara con lentitud y dominio de los tiempos los pasos que llevan a la plenitud salvífica y espiritual.
Cualquier ser humano puede encontrar en su tradición religiosa, si actúa de buena fe e intención recta, la plenitud relativa que Dios tiene prevista para él. Pero todo hombre puede sentir el impulso interior de avanzar, si puede hacerlo, hacia metas espirituales más elevadas. Porque el campo de la religión y de la experiencia religiosa es un campo dinámico en el que uno debe detenerse, si sospecha o siente que todavía no ha llegado al final. Cada uno se salva y realiza espiritualmente en su religión, pero solo en la tradición bíblica puede alcanzar la certeza, la hondura y la seguridad en la relación personal y comunitaria con Dios que su condición religiosa innata anhela.
Texto monográficamente religioso, la Biblia es también un libro crítico e impregnado de racionalidad. Se ha dicho con acierto que la Biblia contiene no sólo la Palabra divina, sino que ella misma es un gran proceso de desmitificación. En este sentido el texto sagrado se comporta como aliado y soporte de la razón humana, a la que supera sin negarla. La razón, en efecto, se muestra por su propia naturaleza contraria y crítica a los planteamientos fantásticos e inverosímiles que tanto abundan en la literatura religiosa de todos los tiempos.
Los autores de la Biblia no confunden nunca lo sobrenatural con lo absurdo, y juzgan inadmisible y engañosa cualquier narración que contenga elementos de lo irracional. Puede y debe afirmarse que en el desarrollo del pensamiento humano, la hegemonía de la razón y de la reflexión crítica debe tanto a la filosofía griega como al pensamiento bíblico, aunque los métodos y fines de ambos sean distintos. Todo muestra que Dios es el máximo misterio, y que ese misterio inalcanzable por la razón humana es a la vez perfectamente racional.
La Palabra escrita de Dios, contenida en la Biblia, es solidaria de la razón y enemiga del mito, porque el mito suele ser ahistórico, impersonal y muchas veces extravagante, mientras que las narraciones bíblicas son exactamente lo contrario, es decir, históricas, personalizadas y verosímiles.
Esto se ejemplifica muy bien en el primer versículo de la Biblia (Génesis 1,1), que sin parecerlo contiene una notable carga polémica. Cuando el autor afirma que “en el principio hizo Dios el cielo y la tierra”, estas palabras sencillas podrían pasar desapercibidas en la carga crítica de que rebosan. Porque están denunciando las ideas y concepciones mitológicas acerca del origen del mundo. El versículo inicial de la Biblia levanta acta, por así decirlo, del hecho de que el universo ha sido creado en el tiempo (en el principio), que su productor o creador es un Ser concreto (hizo Dios) y que el universo es una realidad bien determinada (cielos y tierra). Todas las palabras parecen reventar de sentido, y nada tienen que ver con la mitología.
La modernidad de la Biblia, en su Antiguo y Nuevo Testamento, se refleja asimismo en que la religión cristiana a la que ha dado origen continúa viva, e influye en la sociedad tanto como en los principios de su historia humana. La Biblia se halla presente en la cotidianidad de la vida de los hombres y mujeres cristianos. Solo el Koran de los musulmanes muestra en este sentido un cierto parecido. Por la Biblia, especialmente el Nuevo Testamento, se percibe que la religión es parte del bien común temporal. Por eso la sensibilidad del hombre contemporáneo tiene en cuenta las enseñanzas bíblicas para aceptarlas y construir su vida o para denigrarlas y perseguirlas. Un test de la validez y relevancia de la Biblia judeocristiana para nuestro tiempo es que ante ella suele adoptarse una actitud militante de aceptación o de rechazo.
El Nuevo Testamento es una escuela de secularidad bien entendida. Aunque todo está bajo Dios y bajo el dominio divino del mundo, hay una clara distinción entre lo divino y lo humano, entre lo sacro y lo profano. Dios deja a los hombres las cosas de los hombres. No existe en el Nuevo Testamento concepción teocrática alguna. Dios tiene su ámbito y el César –el gobierno de lo temporal– tiene el suyo. Esto estaba ya prefigurado en el Antiguo Testamento, donde los sacerdotes y los profetas no gobernaban al pueblo. Éste era gobernado por los Jueces y más adelante con la instauración de la monarquía en Saúl, por los reyes de Israel y de Judá. Esta pauta de actuación impregna la entera concepción bíblica de la realidad y se encuentra ratificada por la predicación y actuación de Jesús de Nazaret, que respeta la autoridad y se somete a ella, a la vez que enseña el hecho de que Dios es origen de todo poder en el cielo y en la tierra. Al gobernador romano se lo recuerda cuando le dice: “no tendrías poder alguno sobre mí, si no se te hubiese dado de lo alto” (Juan 19,11).
La Biblia es un libro para ser leído y meditado con asiduidad. Solo así entrega sus secretos al lector y hasta puede apoderarse benéficamente de él. Para muchos ha sido y es un verdadero libro de horas. Importa leer la Biblia. El impacto de sus palabras eternas tiene capacidad para iluminar y orientar la difícil existencia humana. El Koran de los musulmanes significa repetición tal vez porque es un libro principalmente para ser recitado en voz alta y escuchado atentamente. Esta dimensión auditiva y pública resulta menos importante en el caso de la Biblia.
La Biblia es sin duda un gran monumento literario, que contiene un amplio número de géneros históricos, poéticos, proféticos, sapienciales... Es una cantera inagotable de asuntos, semblanzas de personajes, argumentos, reflexiones, costumbres y modos de vivir. Todos tipifican cuestiones existenciales y retratos de situaciones y circunstancias que simbolizan la vida humana en su curso temporal rumbo a lo eterno.
José Morales