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Elisabeth Eidenbenz, el ángel de Elna, ha muerto

Por Josep Vall i Mundó
Publicado el 02 de junio de 2011

La gran "personalidad" de esta suiza católica es una muestra ejemplar de lo que debe entenderse bajo el nombre de "personalismo cristiano".

Hace unos días cuando daba vueltas sobre unas palabras que el beato Juan Pablo II dijo sobre el "personalismo" y sobre la mirada "personalista" que él tenía hacia el hombre –como tratar y amar a los demás– me vino a la memoria la figura de Elisabeth Eidenbenz, que acaba de morir en Suiza hace pocos días.

Afirmaba el Santo Padre: "sigo el principio de acoger a cada uno como una persona que el Señor me envía, y que, al mismo tiempo, me confía...", "todo el mundo podría tratar a los demás de forma bastante más humana, con una relación más profunda: para mí, cada ser humano es un capítulo aparte"... Y añadía: "No me gusta el concepto "la masa" porque tiene mucho de anónimo". Fue Emmanuel Mounier, por los años 30 –cuando se cocían el fascismo y el nazismo– quien denunció tanto el liberalismo individualista como el colectivismo totalitario y, en cierto modo, ya empezó a movilizar algunas conciencias en el mundo de los filósofos y pensadores en contra de aquellos errores despersonalizadores. Hizo ver que el "personalismo" era un concepto fundamental para poder tratar siempre a los seres humanos desde la caridad, la libertad y la veracidad. Se trataba, pues, de la acogida que a menudo no encuentra porque las personas no se ven, no se miran o no se escuchan como personas que son: a veces sólo se las consideran como herramientas de usar y tirar, como objetos. Así no se podía –ni se podrá nunca– construir un mundo más humano.

Cuando se lee lo que hizo Elisabeth Eidenbenz, aquella enfermera suiza de veinte y cuatro años, tras la contienda civil española, en Elna, uno ve cómo se entiende la actitud personalista cristiana. Ella al final de la guerra civil española, acogió en aquel pueblo –que fue Sede episcopal en la Cataluña-Norte–, en un palacete que aún se conserva y se visita, a muchas mujeres españolas y judías que esperaban ser madres. Les dio un hogar, y mucho cariño ante la cercana maternidad. Estos y otros hechos similares nos esponjan el corazón, porque Elisabeth salvó muchas vidas –unos seiscientos niños junto con sus madres–, y eso ha salido una vez más a la luz pública ahora, a raíz de su muerte a los espléndidos y fructíferos 97 años. Su historia fue descrita por mucha gente. Recuerdo como Assumpta Montellà publicó libros sobre su figura y su abnegado trabajo. Gracias a las investigaciones de la periodista catalana, al publicar un libro-reportaje, todos sabemos mucho más. Otra escritora –María Mesa Peinado– hizo un retrato de la enfermera suiza y su trabajo durante ese lustro. También, hace pocos años, hicieron una exposición en Barcelona sobre estos hechos históricos tan loables. Muchas chicas que llevaban el nombre de Elna, porque allí nacieron, se reunieron en la Ciudadela de Barcelona para homenajearla. Por eso el año 2006 le dieron en Cataluña la medalla de Sant Jordi. Se la había merecido con creces.

La gran "personalidad" de esta suiza católica es una muestra ejemplar de lo que debe entenderse bajo el nombre de "personalismo cristiano". Seguro que su muerte ha sido plácida por el bien que hizo. "Ha muerto un ángel", han titulado los periódicos. Ella humildemente se sentía satisfecha de haber visto "personas" en tantas mujeres, en aquellos tristes momentos: no sólo unas pobres e infelices "refugiadas" de la guerra civil y de la segunda guerra mundial. Retirada en la población de Rekawinkel, a 30 km de Viena (Austria), y a partir de 2002 comenzó a llegarle el reconocimiento a su labor con la publicación de varios libros sobre su gesta y la concesión de distinciones individuales.

Hay muchas historias, relatos y anécdotas sobre aquellos días en que tantas mujeres fueron acogidas en Elna, para poder ser madres en las condiciones más adecuadas.

"A una mujer que sería pronto madre, le dijo: 'Señora este maquillaje no le favorece nada. '¿Quiere lavarse, por favor?' Y aquella mujer con la sonrisa en los labios, un poco sorprendida al principio, y también después un poco más inquieta, entró mecánicamente en el cuarto de baño, abrió el grifo, empapó con agua un pañuelo y se sacó rápidamente el maquillaje". Una anécdota entre muchas.

Elisabeth Eidenbenz –maestra de profesión, enfermera por vocación y directora de la Maternidad de Elna– se tomó la vida muy en serio y no 'com una màscara de carnestoltes´ (...y no 'como una máscara de carnaval'), como ha dicho alguno de sus biógrafos. Era una joven suiza, esbelta, vestida a veces con un uniforme de rayas azules y blancas, y cuello blanco almidonado. Fue la directora de aquel chalet-palacete del municipio de Elna, del departamento de los Pirineos Orientales, situado no muy lejos de los campos de concentración de Saint-Cyprien y Argelès-sur-Mer. En estos campos las madres embarazadas que esperaban sus bebés eran tratadas con muy poco cuidado e higiene. Eran los momentos después del éxodo de los republicanos españoles en febrero de 1939. Entonces vino en ayuda de Elisabeth la Cruz Roja Suiza, sección de Socorro para los Niños, e hizo mejoras en la Maternidad que comenzó Elisabeth –primero con donaciones– y la ayuda de la Cruz Roja Suiza –que no miró nacionalidad ni ideología, sino la desgracia– contribuyó cuando Elisabeth trabajaba ya al pie del cañón.

La Maternité Suisse de Elne fue fundada en 1939 y abrió sus puertas no sólo para las futuras madres españolas, sino también para todas las futuras madres de cualquier nacionalidad y raza: todas ellas refugiadas en varios campos de concentración franceses, a raíz de dos guerras, la española y la segunda guerra mundial. Elisabteh Eidenbenz ayudó a los judíos, facilitando el nacimiento de más de 200 niños, hijos de mujeres judías perseguidas por el nazismo durante la segunda guerra. La Maternidad fue cerrada por la Gestapo en 1944 con la colaboración del gobierno de Vichy, después de haber ayudado a nacer 600 bebés entre 1939 y 1944. Elisabeth fue detenida por los alemanes de la Gestapo en una ocasión por poco tiempo, pero con peligro para su vida.

Elisabeth, en esta Maternidad no imponía su autoridad por la fuerza, sino por el espíritu de abnegación y dulzura. Era una hábil y simpática chica joven. Era católica, como algunas de sus colaboradoras. Hablaba correctamente la lengua castellana, porque ya había estado en los frentes de la terrible, trágica e inexplicable guerra civil española, entre los duros años de 1937 a 1939. Las normas de la dirección eran, en cuanto a la disciplina, de una firmeza sutil, y lo mismo en lo que concernía al orden, el buen trato y la tolerancia. Todo era equilibrio, dedicación, alegría y entrega. Por otro lado, el orden material en la casa era total: todo estaba en su sitio. Había limpieza, sol, jardines, habitaciones adecuadas. Cada lunes, Elisabeth distribuía los servicios y las labores diversas de la semana, entre las trabajadoras y también entre las refugiadas cuando éstas las podían asumir. La higiene era perfecta, la comida adecuada y abundante, el respeto a las creencias religiosas fue absoluto. Los niños eran bautizados cuando las madres lo pedían expresamente, pero no había ninguna presión en este sentido. Por otra parte, Elisabeth lo tenía claro: nada de oraciones colectivas o catequesis obligatorias. Los bebés disponían de pequeñas cunas de madera donde estaban cuidadosamente atendidos.

Bendito país este de Suiza, donde hubo mujeres que se preocuparon generosamente para salvar la vida de los niños desafortunados del continente, mientras que los otros hacían todo lo posible para destruir la civilización y la humanidad.

Elisabeth fue un modelo de amor total dentro de aquella época tan desolada. Ahora lo recordamos con agradecimiento, a raíz de su paso a la otra vida. Ya tiene otro premio, el eterno.

Josep Vall i Mundó

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