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El ministerio del altar

Por Catalunya Cristiana 21 Nov 2010
Publicado el 30 de noviembre de 2010
Asistí a la ceremonia de la dedicación de la basílica de la Sagrada Familia de Barcelona. Me hallaba en el presbiterio, a pocos metros de la sede papal, y me impresionó mucho ver el rito de la consagración del altar, recordando las palabras del escritor eclesiástico Orígenes (183-252): «Jesucristo es la piedra angular; el fundamento y el altar del edificio de la Iglesia. El altar se debe construir con bloques enteros que el hierro (o sea la violencia) no haya tocado. La piedra del altar no debe ser contaminada ni por la guerra ni por la violencia. Este altar (o bloque de piedra) es el mismo Cristo.»
Este principio es admitido en la Iglesia desde los primeros siglos. Obviamente, la misma forma del altar es la de un sepulcro, evocando la tumba de Jesús. Y los manteles que lo cubren recuerdan las sábanas de la mortaja en las que fue envuelto el cuerpo de Jesús. Así lo profesaban los Santos Padres.
Sobre el altar se realiza el memorial de la muerte y resurrección del Señor (la santa misa), y por esto el altar es considerado un elemento sacratísimo que el sacerdote debe reverenciar, besar e incensar. En algunos altares incluso se encuentran grabadas las palabras: «El altar es Cristo», y por eso es ungido por el Pontífice tal y como pudimos ver el pasado 7 de noviembre.
Además, creo que no podía faltar en este rito el recuerdo de las buenas y numerosas mujeres que según el evangelio seguían fielmente a Jesús hasta el calvario, cosa que no ocurría con los hombres que, a excepción de san Juan, huyeron e incluso le negaron como san Pedro.
Las mujeres discípulas de Jesús le fueron fieles hasta el sepulcro, y quisieron embalsamar el cuerpo de Jesús; y llegó la resurrección y Él fue al encuentro de las mujeres que querían entrar de nuevo en el sepulcro para embalsamarlo. Fue precisamente a ellas a quien Jesús se apareció en primer lugar. Son entrañables las palabras que dirigió a María Magdalena, mandándole que comunicara a los apóstoles que Él «ha resucitado».
No hay duda de que las mujeres estaban presentes en los momentos álgidos de la muerte y resurrección de Jesucristo, y por este motivo sentí una gratísima emoción al ver a nuestras buenas religiosas de la catedral de Barcelona «sirviendo» o, si queréis, «acariciando» el altar, ya que éste es el propio Cristo, y a la vez esta escena —posiblemente malinterpretada por algunos— evocaba la inquebrantable fidelidad de tantas buenas mujeres al lado de Jesús en el calvario, en el sepulcro y en la resurrección. iEllas sí están seguras de que ser superior en la Iglesia es ser el servidor de todos! Precisamente al Santo Padre se le denomina Servus servorum Dei (el siervo de los siervos).
Las religiosas que intervinieron en el rito de la consagración del altar son las mismas que cuidan de la sacristía y de muchas de las actividades de la catedral de Barcelona, del mismo modo que participan en el culto y en los actos de piedad. Son las denominadas Auxiliares Parroquiales de Cristo Sacerdote. Son cinco religiosas que viven en comunidad y tienen su residencia sobre el mismo claustro de la catedral. El fundador de éstas fue el reverendo deán-canónigo de Bilbao José Pío Gurruchaga, que nació en Toulouse (Guipúzcoa) el 5 de mayo de 1881. En el año 1895 ingresó en el Seminario de Vitoria (País Vasco) y fue ordenado sacerdote el 23 de diciembre de 1905. Después de pasar como coadjutor por una parroquia de Irún, el 6 de febrero de 1927 fundó las Hijas de la Unión Apostólica, que hoy se apellidan Auxiliares Parroquiales de Cristo Sacerdote. El canónigo Gurruchaga fue un gran promotor de las misiones, de la liturgia y de la línea de colaboración de las mujeres en la Iglesia. Los miembros de este instituto tienen como modelo a las buenas mujeres que siempre ayudaron y acompañaron a Jesús, al cual servían. Ellas quieren ser las auxiliares de Cristo en el servicio del culto divino, y especialmente en las iglesias catedrales y parroquiales. Se consideran —a mi modo de ver— una especie de restauración de las diaconisas que tantos servicios prestaron en la Iglesia primitiva.
El fundador Gurruchaga amaba mucho la catedral de Barcelona, y hace 52 años fundó esta comunidad. El 22 de mayo de 1967 murió. Su causa de canonización se inició el 13 de noviembre de 1993. Esperamos que dentro de pocos años le podamos incluir entre los 141 santos que se veneran en la catedral de Barcelona como un santo nuestro, pero también vasco. En la catedral también hay un grupito —siempre renovado— de chicos muy jóvenes que hacen de monaguillos. Ellos también son piedras vivas de la catedral. Reciben una formación religiosa de las hermanas y se les pagan los estudios en escuelas próximas a la catedral. Es un grupo simpático, movido pero muy formal, que ha dado también algunas vocaciones sacerdotales
J. M. Martí i Bonet
Canónigo de la catedral de Barcelona
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Unas monjas vestidas de negro
Todo el mundo pudo verlo. Porque la retransmisión televisada de la dedicación de la Sagrada Familia, de Barcelona, llegó tan lejos como se pueda imaginar. Se había terminado el rito de la incensación del altar, de los fieles y de los muros de la iglesia. Era necesario poner todo a punto para el rito de la iluminación y dejar el altar bien dispuesto para poder celebrar solemnemente la Eucaristía. Este dejar el altar bien dispuesto implicaba, previamente, «limpiar el altar». No es que el altar estuviera sucio, pero sí que había que controlar, secando delicadamente la mesa, que el santo crisma con el que el altar había sido ungido no manchara el mantel nuevo con el que se ornamentaría la mesa de la Eucaristía. Hasta ahí nada nuevo. Sin embargo, ivaya!, he aquí que entonces aparecen unas monjas vestidas de negro, casi unas manchas que llevaban el mal hado de romper la armonía del blanco círculo, formado por obispos, sacerdotes y diáconos, que rodeaba el altar. Primer inconveniente: ya tenemos del todo ofendida la estética visual que parecería ser la de más actualidad en nuestro siglo XXI. Pasado el primer momento de sorpresa para los ojos abiertos de par en par ante la extraña imagen que ofrecían aquellos puntos negros, resulta evidente, entonces, el aturdimiento público provocado por la osadía de lo que estaba ocurriendo: nada más llegar al altar, las monjas, aquellas monjas vestidas de negro, se ponen a limpiarlo. iHabrase visto! Unas mujeres poniéndose a hacer limpieza ante todo el mundo. La imagen más atávicamente machista que la Iglesia podía dar, sometiendo a las mujeres a unos trabajos servirles que parece que sólo ellas puedan hacer. A partir de aquí, ya tenemos enardecidas las sensibilidades que ven despreciados valores básicos de nuestros días y arrancan las más vivas discusiones en los debates propiciados por los medios de comunicación. ¿Qué lectura debemos hacer, se preguntan unos y otros, de este hecho, por lo menos, provocativo? Más allá de este esquemático relato de los hechos, ¿cuál era la realidad? Pues, ésta, tan sencilla y fácil de explicar. Aquellas monjas, que forman parte de las Auxiliares Parroquiales de Cristo Sacerdote, constituyen la pequeña comunidad, con residencia sobre el claustro de la catedral de Barcelona, que se encargan de que todo esté a punto para cada uno de los actos de culto que allí se realizan y, así, las celebraciones litúrgicas tengan la dignidad y nobleza que requieren. Cuidar el culto no quiere decir sólo tenerlo todo limpio y ordenado, sino también velar por una serie de detalles según sea cada una de las celebraciones litúrgicas. Habría que citar muchas de las cosas que hacen, pero, al menos, dejemos constancia de lo que comporta la acogida de los numerosos grupos, venidos de todas partes y de paso por Barcelona, que piden poder celebrar la misa en la Catedral. Sería largo exponerlo todo. Ellas, aquellas monjas, bastantes días antes de la dedicación del templo de la Sagrada Familia, trabajaron horas y horas, para que no faltara ningún objeto ni ningún ornamento de los que había que utilizar en la singular ceremonia de dedicación. Y no digamos las horas que, los días previos a esta celebración, se pasaron en la Sagrada Familia para que todo estuviera a punto y en el lugar oportuno.
Ante esta situación, pareció que lo más normal era que lo que hacen habitualmente en la catedral de Barcelona también lo hicieran en la Sagrada Familia, ante el Santo Padre y ante la excepcional asamblea que rodeaba al sucesor de Pedro. De este modo, su presencia y lo que hacían en aquel momento, se convertía en un modesto, silencioso y expresivo homenaje a las queridas «monjas de la catedral». Leer los hechos de otra manera es huir de la realidad que se explica por ella misma, sin discusiones ni casuística añadidas. Dicho esto, no es necesario decir nada más, excepto volver a decir a las monjas: imuchas gracias!
 
Josep Urdeix
Delegado de Liturgia de Barcelona
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