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El filme «El árbol de la vida» de Terrence Malick y el problema del mal

Por Ignasi Fuster
Publicado el 04 de noviembre de 2011

La primera vez que oí hablar de la película de Terrence Malick –graduado en filosofía por la Universidad de Harvard–, me llamó la atención el título. Es un título bíblico: del Génesis y del Apocalipsis. Explica el libro del Génesis que en el corazón del paraíso originario –que era como una casa de la vida, donde la vida nacía y crecía–, había dos árboles: «el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal».

Detrás de la presencia de estos dos árboles, se pueden adivinar dos instancias antropológicas fundamentales. El árbol de la vida representaría el hombre como vida, o mejor dicho, como vida en expansión. Efectivamente, sólo hay que observar el embrión humano en sus primeras fases después de la fecundación, para comprender que cada ser vivo es un verdadero big bang de vida. Y no sólo desde un punto de vista biológico, sino también espiritual. Efectivamente, ¿no apreciamos en la vida humana varias ondas de expansión vital? Empezamos por la vida íntima que caracteriza a cada persona; podemos continuar con las operaciones u «obras vitales»; y aún podemos salir hacia las mismas obras culturales, donde palpita la vida del creador. Ya Nietzsche, cuando se refiere a la voluntad humana, lo hace recurriendo a la imagen bíblica: la voluntad de poder es un árbol de la vida.

Y luego aparece otro árbol, el árbol de la ciencia del bien y del mal, que podría representar la libertad humana ligada al intelecto. La racionalidad, en boca de Aristóteles. Así, estos dos árboles nos ofrecen una maravillosa síntesis del ser humano. El hombre es espíritu libre, como afirman Hegel y Nietzsche. Ahora bien, ¿qué significa que el hombre es vida de libertad? Aquí estaría el gran reto de comprendernos a nosotros mismos, como ya exhortaba el oráculo del templo griego de Delfos.

Esta noción del «árbol de la vida» es el centro del filme. Estamos ante una película llena de simbolismos vitales. Entre ellos destaca el recurso a los «árboles» y a las plantas, es decir, al mundo vegetal en cuanto a símbolo del milagro de la vida que crece, se desarrolla, se levanta de la tierra, de la minúscula semilla a la majestuosidad del árbol. Esta idea aparece en varios momentos de la película, cuando la cámara en medio del bosque se alza hacia el cielo, captando la elevación de los árboles hacia arriba. La vida sube, se eleva, explota, «abandona» la tierra inerme.

Hay otra símbolo paralelo. Es el símbolo de la «luz». La luz de aquella llama en medio de la oscuridad, que aparece en el primer y último momento de la película, viene a significar que la vida es la luz del ser en medio de las tinieblas de la nada. Cuando surge la vida –la luz– se vence, de alguna manera, el vacío de la nada.

Y también el símbolo del «agua», sobre la que aparece bailando la mujer, la madre, que viene a representar el símbolo nítido de la pureza, de la inocencia, de la bondad, del amor, de la paciencia. Es la discreta belleza espiritual de la artista Jessica Chastain. La desconocida actriz aporta una fina interpretación. La manguera y los aspersores que riegan el jardín evocan este movimiento vital, que se expande gratuitamente para llenar el cosmos de vida. Es un canto al milagro exuberante de la vida. De hecho, la música acompaña de forma sublime las diversas escenas de la obra cinematográfica.

El atractivo del título de la película me llevó a ir a verla acompañado de dos amigos sacerdotes. Ya me había hablado de ella una alumna de filosofía. Y en otra ocasión, hablando por teléfono con un amigo sacerdote, me comentaba que salía trastornado –en el sentido más literal de la palabra– de ver la película. Finalmente cedí a la invitación, al poder oculto de aquel título, a la extraña intuición. Había una belleza que atraía. Este sacerdote amigo me dijo muy acertadamente: –Si hoy en día tuviéramos que representar el libro de Job a través de la pantalla, sería esta película. Así comienza, con una cita del libro de Job.

La madre de esta familia tejana de tres hijos ambientada en los años 50, cuando la civilización humana empieza una gran revolución, encarna la figura legendaria del justo Job. También ella se ve afligida por la desgracia de la muerte inesperada de su hijo adolescente; de un marido que proyecta violencia sobre los demás; de un hijo que se encierra progresivamente en el mal; de una situación de crisis económica familiar, cuando el marido pierde su trabajo. Entonces, del corazón del alma humana, surgen las grandes preguntas, los interrogantes más inquietantes, dirigidos significativamente a un Dios personal, responsable de la totalidad de la creación: –Señor, ¿por qué envías moscas a las heridas, que Tú habrías de curar? –Señor, ¿por qué tengo que ser bueno, si Tú no lo eres? (de la película).

Es la eterna pregunta por el sufrimiento de los justos. –¿Por qué? ¿Por qué la minúscula criatura humana, en medio de la grandeza y belleza de la inmensidad del cosmos, debe probar tan cruelmente el sufrimiento? Todo esto, todo este cúmulo de sufrimiento, ¿a dónde lleva? ¿Lleva verdaderamente a algún lugar? Este sufriente interrogante nos envuelve desde el inicio de la película, cuando la voz en off recuerda una enseñanza recibida en el colegio de las monjas. Hay dos caminos en la vida. El camino feliz de la naturaleza, dominado por la experiencia estética, y el camino arduo de Dios, marcado por incomprensibles pruebas que ponen «a prueba» al espíritu humano. Efectivamente, en la experiencia humana, la vida se agosta, la luz se apaga, el agua se escurre. Entonces, ¿la muerte, la oscuridad y el vacío acaban con el impulso de placer y el sentido que brota impetuosamente del alma humana?

La película tiene el coraje de presentar de manera salvaje el problema del mal, en las dos modalidades que tan bien señalaba el gran santo Tomás: el mal de culpa y el dolor de pena. Por un lado, la culpabilidad que ya empieza a aflorar en nosotros, como cuando el niño dice: –Es mío. Ya sea la malicia del hermano mayor o la violencia del padre. Y, por otra parte, el sufrimiento. Ya sea la muerte trágica del hermano pequeño, la cabeza quemada de un niño, o el niño ahogado en el pantano. Es la impactante presencia del mal.

Pensaba en el sacerdote. En realidad, el sacerdote es testigo de esta presencia. A veces cuesta ir al confesionario, porque en realidad cuesta estar dispuestos a asumir el mal que aqueja al alma humana. Uno tiende de forma natural a huir. Pero si huimos, ¿cómo puede haber redención?, ¿cómo puede haber curación? Si el médico huye del enfermo, entonces, ¿cómo podremos ayudar a curar la enfermedad? En este sentido, el confesionario exige del sacerdote valentía. La valentía de adentrarse en el misterio del mal. Es el coraje del amor por el hombre. Ciertamente es doloroso. Pero es la hora de la verdad, de la redención, mediante el misterio divino de la misericordia.

Y aquí radica la respuesta que Job y el filme de Malick nos ofrecen: junto al misterio del mal aparece otro misterio, que podríamos llamar –como hace San Pablo– el misterio de la piedad. Es la piedad de aquel dinosaurio gigante que está a punto de rematar a ese otro dinosaurio pequeño, pero no lo hace. Tiene una especie de «piedad animal». La piedad tiene el misterioso poder de transformar el mal propio y ajeno en amor. La piedad derrama amor sobre las heridas físicas y espirituales del mal. Es capaz, pues, de iluminar las llagas del hombre. Como cuando Jesús resucitado se aparece a los apóstoles. En Él brillan sus heridas. Cada herida de Jesús es como una perla resplandeciente. Sobre la historia humana planea entonces un misterio divino de piedad, que es capaz de transformar las cosas y ofrecer un sentido. Entonces esta divina piedad actúa en el corazón humano: la ternura del padre –a pesar de todo– con sus hijos; la paciencia llena de bondad de la madre, que mantiene encendida la llama de la vida a lo largo de la película; la reconciliación entre hermanos, superando la estupidez del mal. Son pequeñas semillas de piedad en medio de un mundo de impiedades. Entonces, una secreta e irrefrenable corriente de amor brota de lo más secreto del corazón humano, como camino necesario para llegar a la más auténtica felicidad, incluso la felicidad eterna, más allá del tiempo, como parece sugerir el director en las cálidas y luminosas escenas del final de la historia humana. La película es la historia entera de la humanidad: desde sus inicios hasta su final. Una historia dramática de vida y de muerte, de alegría y de dolor, de esperanza y de oscuridad.

¿No es la misma respuesta del libro de Job? La misteriosa piedad divina y humana –a modo de gracia sobre la naturaleza–, auxilia a la humanidad para superar el mal y llegar al término feliz. La bondad insospechada de unos transforma la maldad de los demás, y la corriente del amor se va haciendo más y más grande hasta desembocar en la eternidad feliz. Un ciclo –testimonial– de bondad parece interactuar sobre el ciclo –el escándalo– de la maldad.

Pero, todo permanece en un profundo Misterio. Este misterio de la redención del mal también está presente en el libro de Job. Este libro de la historia de la cultura y de las religiones nos enseña que la redención pasa a través de la inédita, pero muy frecuente, imagen del justo que sufre. Misterio para la razón y para la fe. A través de la probada paciencia del amor de las criaturas, el Creador va conduciendo a los hombres, que se abren al misterio.

Al final, queda la última pregunta, que en cierta ocasión planteó Jesús a la afligida Marta –¿Crees esto? –que la amorosa Razón creadora tiene la última palabra sobre el mal–. Estamos ante la pregunta de la fe como apertura a un misterio de inteligencia superior y de amor poderoso. A esta Inteligencia y Amor le llamamos Dios. Él puede poner un final feliz a esta misteriosa historia humana. Pero, en todo caso, es una historia de redención, donde el hombre, como espíritu libre, es protagonista con su sufrimiento y amor.

Aunque no esté explícitamente presente en la película, el cristianismo confiesa a Cristo como la consumación de este misterio divino de la piedad. Pienso que resulta clave para nuestro mundo contemporáneo contemplar la figura de Cristo desde este ángulo de la piedad o de la misericordia. Es decir, Jesús de Nazaret, a lo largo de su vida, vive asumiendo desde el amor el dolor de la humanidad. Es la piedad que vibra en el instante, por ejemplo, de la pintura del Crucificado de Velázquez. Dejémonos conmover en nuestra vida por la piedad. 

Ignacio Fuster
Presbítero de Terrassa
El Buen Pastor
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