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El ateo religioso

Por Zac Alstin | MercatorNet
Publicado el 05 de agosto de 2011

Recuerdo haber tenido algunas conversaciones con personas que creían que eran ateos, pero, tras una breve discusión, prefirieron definirse como agnósticos, más acorde quizás, con una situación de apatía religiosa que de una fuerte creencia en la no existencia de Dios.
Seguramente durante el año 2005 me dormí en algún momento. El caso es que me desperté en un nuevo mundo en el que al parecer nuestros agnósticos tradicionales habían sido superados por un nuevo círculo de ateos duros como el diamante. De pronto ya no era "cool" ser "inseguro". La religión había llegado a su punto más bajo: ya no era el ateo quien tenía el peso de la refutación de Dios, era Dios a quien correspondía ahora demostrar su existencia al ateo.
También es cierto que esta táctica no es nueva, y en los círculos ateos la idea aparece a menudo desde los tiempos de Bertrand Russell. Pero más recientemente, hemos visto la misma táctica utilizada en el "Teach the Controversy", nombre de la campaña del Discovery Institute para promover el diseño inteligente y desacreditar la enseñanza de la evolución en las escuelas de los Estados Unidos. Los adversarios de la teoría de la evolución tuvieron la perspicacia de replantear toda la argumentación sobre el creacionismo y la evolución. "La evolución darwiniana", alegaron, "no es más que una de las muchas teorías posibles", reduciendo así la totalidad de la teoría de la evolución al nivel de una sugerencia interesante que tan sólo había que tener en cuenta.
Esta herramienta estratégica es utilizada ahora con efectos demoledores por la generación de los "nuevos ateos". Dios al parecer, no es más que una hipótesis que está necesitada de pruebas convincentes. La incertidumbre del agnóstico se ha transformado en la carga de la prueba para teísta.
Para aquellos que tenemos la intención de encontrar respuestas, el nuevo ateísmo ha ayudado a aclarar algunas cuestiones. Como todos los movimientos culturales, es un objetivo interesante de estudio.
Se ve por ejemplo, que han reunido todo un fardo de cosas sucedidas a lo largo de toda la historia y experiencia humana, bajo la etiqueta de "religión". Si se hiciera lo mismo con "la política", sería muy fácil presentar la historia de la política humana en toda su horrible panorámica. Se podrían entremezclarse las peleas banales de la moderna política de partidos de la democracia con la pompa extravagante de la monarquía francesa anterior a la revolución, o el totalitarismo devastador de la Rusia estalinista. Qué fácil sería echar toda la culpa de tantos hechos absurdos, de la violencia y de la miseria humana a una entidad abstracta y unificada llamada "política". iSi pudiéramos librar a la humanidad de la tiranía parasitaria de la política, y de la invención humana que llamamos la "polis"!.
El odio a la religión resulta tan sin sentido como cualquier tipo de odio contra la política. La religión es una parte tan importante de la naturaleza humana como lo es la política. La distinción razonable no puede ser entre la religión y su ausencia, sino entre la buena religión y la mala religión, o entre religión verdadera y religión falsa. De hecho, no rechazamos la democracia a causa de los horrores del comunismo, ni nos posicionamos en contra de ella cuando se descubre su abuso o perversión en cualquier caso particular.
Lo que tanto la religión como la política tienen en común es la humanidad. La religión no mata la gente, es la gente que mata a la gente. Tratar que la humanidad deje de ser religiosa tiene las mismas posibilidades de éxito como tratar de que deje de ser política. Algunos nuevos ateos, como Christopher Hitchens trataron de declarar los horrores del comunismo y del nazismo como tan sólo otras manifestaciones de la religión. Estos regímenes intentaron suprimir y acabar con las tradiciones religiosas en sus respectivas naciones, pero se convirtieron de hecho en sistemas religiosos degradados y perversos. Hitchens puede argumentar que su culpa fue tratar de reemplazar la religión, en lugar de destruirla. Es fácil ver en retrospectiva elementos religiosos en juego en estos regímenes totalitarios, pero es que cualquier intento de destruir la religiosidad se transforma en un nuevo movimiento religioso.
Creo tanto en la continuidad de la irreligiosidad de una nación irreligiosa, como en la del carácter apolítico de una nación apolítica. Siendo como es la naturaleza humana, de existir una comunidad sin política en el paso del tiempo se politiza, al menos por los beneficios que ofrece la política. Hay que admitir que "la sociedad apolítica" es un contrasentido. Para estar en sociedad con otros seres humanos es necesario reconocer, al menos implícitamente, las diferencias en la autoridad, los intereses en conflicto, y la necesidad de compromiso. La política es en última instancia, una cuestión de toma de decisiones colectivas, desde la comunidad más pequeña hasta el más grandioso imperio.
De otra parte, se evidencia una actitud religiosa, aunque en sus formas más modestas, en la reverencia o veneración de lo que se tiene como valioso. La vida de algunas personas, ¿no contiene acaso las semillas de un culto báquico? ¿No podría el entusiasmo de los evolucionistas derivar en una forma de una piedad científica? Cada vez que los nuevos ateos critican alguna manifestación de la religión, lo hacen de manera implícita o explícitamente sobre la base de un objeto de más valor o más digno.
En definitiva podemos reformar la religión o cambiarla, pero no hay una tercera opción. El ateo antirreligioso es inconscientemente el profeta inspirado de un nuevo movimiento religioso. Cualquier idea que se plante en la tierra fértil de la mente humana, podemos estar seguros de que florecerá en forma de una manifestación de religión. La respuesta a todos los males de la religión que se acumulan en la punta de la lengua de un ateo es la perseverancia en los bienes de la religión.
La mala religión, como la mala ciencia, mala ética, la mala política y los malos argumentos, debe ser combatida por ser mala, no por el hecho de ser.
 
Zac Alster | MercatorNet - 30 de junio 2011
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