
Desde una saludable visión antropológica, muchos creen que la educación sexual no se debe imponer desde el Estado -por leyes, decretos u otras normativas de este estilo- sino que se transmite mucho mejor, y de acuerdo con la justa razón, por vía familiar ya que este camino pedagógico y educativo forma intrínsecamente el ser humano en su conjunto, llevándolo a la madurez y plenitud más conveniente. Intentaré hacer algunas consideraciones sobre le tema.
Por una parte es un hecho -y también una dato sociológico bien estudiado- que estamos delante de de una vida social y cultural hipersexualitzada. Se promueve y se fomenta el sexo fácil e irresponsable: ciertos grupos -quizá, incluso, gobernantes, instituciones privadas o públicas, escuelas, etc.-, promueven el uso egoísta y meramente placentero del sexo, “toleran” muchas formas de promiscuidad sexual, potencian anuncios publicitarios en los que el ser humano sale malparado como simple “objeto”, ya que no se le considera sujeto o persona.
Desde otro lado, en cambio, muchos piden una educación y formación positiva de la sexualidad en un plano familiar y educativo, donde les padres tengan también la voz cantante y donde la escuela sea realmente una ayuda positiva y alentadora...Como siempre la opinión pública también discute sobre la conveniencia o inconveniencia de ambas posturas, tendencias y objetivos, pero parece que se alejan cada vez más la una de la otra.
Está bien claro que la educación sexual tiene un gran valor y dignidad cuando la sexualidad se contempla desde el auténtico o verdadero amor y no desde la trivialización o banalización. La condición sexuada del ser humano es una realidad demasiado importante y preeminente para que se juegue con ella, no solamente porque de la misma deriva la diferencia específica entre hombre y mujer, y el don de la vida, sino también porque esta dualidad debe ser una verdadera fuente de estimación y entrega totales. La relación ordenada y amorosa entre ambos sexos se manifiesta, a mi parecer, claramente en el matrimonio y en la familia, teniendo su origen y grandeza en la misma obra creadora. Quien difiera, allá él !; seguro que recogerá también frutos bien escasos !
Como todas las grandezas del ser humano también la educación y la práctica de la sexualidad puede ser ambivalente, regular o irregular, eficaz o ineficaz, manipulada hasta extremos inconcebibles; puede ser una realidad cristiana, o por lo menos, una realidad ordenada siempre hacia el bien; o, tal vez, acabe en una aberración antinatural que conduzca al envilecimiento humano más humillante para muchas personas. La sexualidad humana es, pues, bifronte: puede originar grandes bienes y también causar no pocos malos. Creemos que para lograr el bien sexual hay que evitar aquellas desviaciones que no comporten un desarrollo claramente armónico de la persona. Y aquí entra la educación o formación sexual que permita ir por el camino de la plenitud en las relaciones entre el hombre y la mujer (esposos, hermanos, parientes, amigos, compañeros...) Después de que nadie se queje de actitudes pedófilas, pederastias, redes de prostitución, violencias sexistas y machistas...
En la educación de la sexualidad uno se puede encontrar con maniqueísmos, extremismos, puritanismos, manga ancha..., de los cuales debemos sacar experiencia. Unos optan sólo por la “información sexual”, a través de la escuela, por ejemplo, y otros ven la necesidad de una formación que tenga como objetivo vivir las relaciones sexuales de acuerdo con la dignidad propia del ser humano en el ámbito familiar. Los primeros, hablan de información a secas, cayendo a menudo en una banalización reductora de la sexualidad, ya que se trata de un adoctrinamiento en el que destaca la condición placentera del sexo y solo pretenden evitar algunos malos que puede ocasionar; por eso enseñan el uso de los preservativos, las posibilidades de encuentros intersexuales “enriquecedores y seguros” que desembocan en “embarazos-sorpresa”. Estas tendencias se cierran en si mismas gracias a una consideración bastante corta de vista i empequeñecida de la sexualidad, y entonces les resultados son muy negativos en el plano social.
En cambio, están los que buscan la formación integral -sin excluir la información necesaria - tanto desde una perspectiva positiva, afectiva, armónica y humana como también médica y psicológica. El hecho es que se deben encontrar las mejores sendas, donde el respeto hacia el hombre y la mujer se mantenga elevado ya que la persona es primordial. Sobre todo -como escribía un pensador cristiano-, cuando se parte del hecho que el hombre y la mujer valoran su condición sexuada diferenciada como algo querido por el Creador en orden al verdadero desarrollo de la familia humana. Es la semilla de una siembra de la cual se que recogerán buenos frutos.
Desde una perspectiva antropológica cristiano-personalista, la educación afectiva y sexual se contempla la totalidad del ser humano, y exige al mismo tiempo la integración de todos los elementos biológicos, psicoafectivos, sociales y espirituales. Todo un montón de elementos integradores y plenamente formativos que perfeccionen la madurez sexual. Y eso no es una empresa fácil, dada también la presencia de otros varios elementos disturbadores que provienen de diversas ideologías o puntos de vista puromente hedonistas y materialistas. Los aspectos espirituales tienen mucho que ver con una buena formación para la sexualidad. La pura materia no deje alzar la mirada en un tema tan delicado como la sexualidad, por ejemplo viéndolo desde el matrimonio, o desde una situación previa como el noviazgo. Estas exigencias éticas evitarán tabúes y abusos por lo que respecta al instinto biológico. Cualquiera persona imparcial no dejará de percibir que la educación sexual nace y culmina en la rectitud de corazón, de acuerdo con su específica dignidad humana original. De aquí que muchos consideren la familia como una “comunidad de vida y amor" donde esta formación -si no hay posturas abstencionistas- está bien garantizada.
Entendemos todos perfectamente que la educación de la afectividad humana alcanza muy más - contenido y mucha más profundidad- que la formación sexual. La de la afectividad incluye toda educación en valores y virtudes Ojalá que en una sociedad, tan llena hoy día de hipersexualidad, hubiesen muchas más personas e instituciones que ayudasen a crear un ambiente donde los conceptos y las realidades de la Afectividad, la Estimación, la Rectitud y Limpieza de corazón y de mente, el Amor y el respecto a la persona, el Trabajo bien hecho... estuviesen muy presentes en toda tipo de relaciones, incluidas las sexuales ! Y también en toda otra tipo de relaciones de entrega y de donación de un mismo respecto a los demás, tanto las relaciones específicamente religiosas (casos como la Madre Teresa de Calcuta, Maximiliano Kolbe, Francisco y Clara de Asís,...) como en aquellas que afectan al cuidado de enfermos (enfermeras, médicos, asistentes sociales, canguros de niños...), o en la formación de los hijos por lo que respecta a los padres, o en la enseñanza en todos sus grados por lo que respecta al profesorado-alumnado. También en el trato con las personas ancianas, pobres e indigentes...ya que, para todos, nos es muy necesario tener estos sentimientos de afecto, a respeto, estimación y generosidad.
Volviendo al tema central tengo de añadir que antes me he referido a algo semejante cuando escribía: “está bien claro que la educación sexual tiene un gran valor y dignidad cuando la sexualidad se contempla desde el auténtico o verdadero amor y no paso desde la trivialización o banalización”; “ una educación o formación sexual que permita ir por el camino de la plenitud en las relaciones entre el hombre y la mujer (esposos, hermanos, parientes, amigos, compañeros...); i me refería a “los que buscan la formación tanto desde una perspectiva positiva, afectiva, armónica y humana como también médica y psicológica”; todos ellos encontrarán “las mejores sendas, donde el respeto hacia el hombre y la mujer se mantenga elevado ya que la 'persona' es primordial”, etc.
Para que crezca el verdadero amor, la auténtica estimación, y para erradicar de la nuestra depauperada sociedad tantos hechos desdichados o anormales, como son la violencia de género, los asesinatos sexuales -donde ya contamos con menores de edad como asesinos y violadores- las esclavitudes y comercios sexuales bajo chantaje, los embarazos-sorpresa, fruto de la irresponsabilidad de muchos y del mal uso de la libertad, asedios sexuales en el mundo profesional e infantil, captación de clientes para la prostitución desde medios diarios de comunicación, con largas páginas de “anuncios de contacto degradantes” para el hombre y la mujer, incestos como les conocidos casos de Bélgica y Austria, etc., deberemos esforzarnos, entre todos, para creer -más y mejor- en la dignidad del hombre: “este ser que puede ser divino o bestial”, según Aristóteles, en el sentido de que es capaz de lo mejor y de lo peor, como nos lo demuestra la historia; deberemos saber que las pasiones son ordenadas de acuerdo con el verdadero amor o desordenadas cuando este se desvirtúa o se falsea. Deberemos entender la sexualidad como un bien, como una riqueza que no se puede trastocar, desviar, o corromper; verlo como una riqueza de la persona -cuerpo, sentimiento y espíritu- que tiene un “origen creacional” (el “creced y multiplicaos” bíblico), pero que al mismo tiempo exige también un aprendizaje y un autodominio creciente vividos, de manera muy normal, en los propios ambientes familiares, sociales y profesionales. Seguramente será una obra de largo recorrido y alcance, en el contexto de un ejercicio de una voluntad inteligente, ya que dos fuerzas suelen gravitar opuestamente dentro de del hombre: la una es la atracción hacia un egoísmo interesado y la otra es el deseo de un amor recto y auténtico. Obtendremos entonces semillas, para esta deseada educación de la afectividad, -ternura en el trato, estimación hacia el prójimo, compromiso fiel a la palabra dada en cuanto a los vínculos de amor con los otros, compasión y ganas de compartir- si nos dejamos atraer y llevar por la segunda fuerza.
Acabo con unas palabras, que invitan a la trascendencia de un escritor. cristiano del siglo IV, san Juan Crisóstomo: “Te he cautivado, te he querido, te he preferido a mi misma vida. La vida presente no es nada, y mi sueño más vivo es de pasar toda mi vida contigo para que así tengamos la certeza que tampoco nos separaremos en aquella otra vida que nos es reservada...Pongo mi corazón por encima de todo, y nada me sería más penoso que no tener los mismos pensamientos que tú”.
Josep Vall i Mundó