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Educación sexual

Por Aurelio Fernández
Publicado el 04 de enero de 2010

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Es un dato sociológico que el ejercicio y el comercio del sexo campea a todos los niveles de la sociedad. Se denuncia que estamos ante una cultura hipersexualizada. Ciertos grupos fomentan y promueven el uso placentero del sexo. No obstante, aun los más extremosos demandan una educación de la sexualidad, sobre todo para evitar las consecuencias del uso indiscriminado que conlleva los embarazos de menores, el aumento de las enfermedades venéreas, la pandemia del SIDA... Estos y otros fenómenos alarman a la opinión pública, y, consecuentemente, reclaman que se inicien campañas con el fin de evitarlos. Pero también es opinión compartida que los múltiples planes de educación sexual que se proponen acusan una falta de eficacia. Parece que de esa ineficacia no se libran las directrices que sobre la educación sexual en el aula proponen los planes de la LOE y la enseñanza transversal fijada en los programas de estudio de la ESO.

 Es evidente que la educación sexual ha de partir del valor y dignidad de la sexualidad y no de su trivialización. En efecto, la condición sexuada del ser humano es una realidad preeminente, tanto porque de ella deriva la diferencia entre el varón y la mujer, cuanto porque tal dualidad es fuente de grandes satisfacciones biológicas y afectivas, promueve la interrelación amorosa entre ambos sexos, de ella se origina el matrimonio y la familia y se genera la existencia de nuevas vidas. Tal grandeza justifica que las páginas más bellas de la literatura universal se escriban, precisamente, para cantar el amor entre la mujer y el hombre. Pues bien, la literatura no es más que el reflejo de una realidad gozosamente apreciada y vivida.

Pero, como todas las grandezas del ser humano, la sexualidad es ambivalente: en el reverso se acusan las irregularidades que conlleva en el caso de que no se respete su propia estructura y naturaleza. Ello explica que también las páginas más sórdidas de la literatura universal se hayan escrito para describir las aberraciones de la relación hombre-mujer en su comportamiento sexual. La sexualidad humana es, pues, bifronte: al tiempo que origina grandes bienes, también puede ser fuente de no pocos males. En el encuentro amoroso entre los esposos hay un ajustado trecho que distancia y distingue la felicidad humana más subida de los goces más sórdidos y deleznables que pueden finalizar en los crímenes pasionales más horrorosos.

Pues bien, tanto para conseguir sus bienes como para evitar las desviaciones, se proclama que la educación de la sexualidad puede ayudar a su desarrollo armónico, al tiempo que se evitará los males, a las cuales se presta un instinto tan fuerte, ínsito en lo más profundo del hombre y de la mujer. Tal educación permitiría marcar los límites que separan la virtud del vicio en el comportamiento sexual.

Ahora bien, también en la educación de la sexualidad nos encontramos, nuevamente, con un dualismo: mientras que unos optan, principalmente, por la información con el fin de   evitar los riesgos no deseados, otros proclaman la necesidad de una verdadera formación con el objetivo de vivir con la dignidad que corresponde al ser humano su condición sexuada. Los primeros –aunque también hablen de «formación»– casi siempre trivializan la sexualidad, pues se trata de un adoctrinamiento que destaca la condición placentera del sexo y solo pretenden evitar los males que ocasiona. Tales tendencias encierran una consideración reductora de la sexualidad. En este plano se sitúan las diversas informaciones que ofrecen a jóvenes y adultos un ejercicio placentero de la sexualidad. Tal propuesta es una vanalización de un aspecto fundamental de la persona. Los resultados son casi siempre negativos tanto para el individuo como para la convivencia social, pues no facilitan un uso del sexo racional y responsable, sino que más bien incitan al uso pero evitando los riesgos que conlleva. Y tal «uso», al tratarse de un instinto especialmente placentero, casi siempre acaba en un «abuso».

 Por el contrario, los que buscan la formación –sin excluir la información– proponen un uso humano de la sexualidad que aúna los diversos componentes que la constituyen. Ahora bien, la educación de la sexualidad humana requiere que se tengan a la vista todos los elementos esenciales que, desde el punto de vista médico y psicológico, se integran armónicamente en la sexualidad específicamente humana. En síntesis –además de su carácter de instinto– cabe enumerar los siguientes: el genético, que parte de la diversidad de genes (XX o XY), lo que caracteriza el ser mujer o varón; la diferencia morfológica del cuerpo femenino y masculino; la dimensión racional de la sexualidad específicamente humana; la voluntariedad que hace responsable su ejercicio; la afectividad que acompaña y emotiva la relación sexual hombre-mujer; la experiencia placentera que produce y la función reproductora que conllevan algunos actos heterosexuales.

En consecuencia, si la sexualidad humana se constituye por esos ocho elementos, es lógico que su verdadera formación debe integrar todos y cada uno de ellos en perfecta unidad. Sobre todo, a partir de que el hombre y la mujer valoren su condición sexuada diferenciada, ha de poder de relieve al carácter racional, voluntario y afectivo que distingue la sexualidad humana de la exclusivamente instintiva y placentera común con la sexualidad de los animales. En esta línea se sitúa, precisamente, la formación que ofrece la moral católica, la cual, en lugar de mermar la grandeza de la sexualidad, la conduce hacia su plenitud, lo que conlleva la plena realización de la vocación sexuada del ser humano. Así lo ponen de relieve diversos documentos magisteriales más recientes. En concreto, la Congregación para la Educación Católica hizo público un amplio documento sobre Orientaciones sobre el amor humano (1-XI-1983), en él se reseña esa forma global de la sexualidad en la persona humana:

«En perspectiva antropológica cristiana, la educación afectivo-sexual considera la totalidad de la persona y exige, por tanto, la integración de los elementos biológicos, psicoafectivos, sociales y espirituales. Esta integración resulta difícil porque también el creyente lleva las consecuencias del pecado original. Una verdadera 'formación´ no se limita a informar la inteligencia, sino que presta particular atención a la educación de la voluntad, de los sentimientos y de las emociones. En efecto para tender a la madurez de la vida afectivo-sexual es necesario el dominio de sí, el cual presupone virtudes como el pudor, la templanza, el respeto propio y ajeno, y la apertura al prójimo» (n. 35).

No obstante, es preciso reconocer que no se trata de una tarea educativa fácil, tal como también se subraya en este mismo documento:

«En general, es necesario reconocer que se trata de una empresa difícil por la complejidad de los diversos elementos (fisiológicos, psicológicos, pedagógicos, socio-culturales, jurídicos, morales y religiosos) que intervienen en la acción educativa» (n. 11).

Precisamente, la virtud cristiana de la castidad es la que se propone alcanzar la integración de esos diversos componentes de la sexualidad específicamente humana. Por ello, cuando la moral católica invita a vivir la castidad no reduce el instinto sexual, sino que profesa un uso perfecto que contribuye al bienestar de la persona y con ello evita los males que conlleva una sexualidad puramente instintiva y placentera. Esta integración –en perfecta unidad de esos diversos elementos– es lo que constituye la virtud de la castidad, que el Catecismo de la Iglesia Católica define en estos términos:

«La castidad significa la integración lograda de la sexualidad en la persona, y por ello en la unidad interior del hombre en su ser corporal y espiritual. La sexualidad, en la que se expresa la pertenencia del hombre al mundo corporal y biológico, se hace personal y verdaderamente humana cuando está integrada en la relación de persona a persona, en el don mutuo total y temporalmente ilimitado del hombre y de la mujer» (CEC, n. 2337).

La moral católica ha insistido de continuo en tres aspectos de la sexualidad específicamente humana: 1º. Su grandeza, pues permite a la persona vivir su «condición esponsalicia», tal como el papa Juan Pablo II definió el hombre. 2º. En la necesidad de adquirir un dominio del instinto sexual con el fin de evitar las desviaciones a las cuales es tan proclive. 3º. El recto uso de la sexualidad vivida en el ámbito del matrimonio, abierta a la procreación. En consecuencia, carece de peso acusar a la moral católica de condenar la dignidad y los alicientes del sexo. Son conocidas las Catequesis del papa Juan Pablo II sobre la «teología del cuerpo», en las que resalta, precisamente, su condición de realidad sexuada, hasta calificar al cuerpo de «esponsal».  

Es cierto que las exigencias éticas tratan de evitar el abuso espontáneo del instinto biológico, pero destacan la importancia del uso racional y responsable del mismo: con ello, la sexualidad del hombre se distancia del instinto sexual, fijo y cíclico, de los animales. Asimismo la formación de la sexualidad propuesta por la enseñanza católica proclama su grandeza, pues la sexualidad se enriquece con la vida afectivo-sentimental que anima las relaciones amorosas entre el hombre y la mujer. A esta contraposición entre el abuso instintivo de la sexualidad y la medida racional y responsable en su ejercicio invita la doctrina católica que el papa Juan Pablo II recoge en el siguiente testimonio:                                                                                                                                     

«En un contexto tal se hace más difícil, pero también más urgente, una educación a la sexualidad que sea verdadera y plenamente personal y que, por ello, favorezca la estima y el amor a la castidad, como virtud que desarrolla la auténtica madurez de la persona y la hace capaz de respetar y promover el significado esponsal del cuerpo» (Pastores dabo vobis, n. 44).

Cualquier persona imparcial no dejará de percibir que la educación sexual que culmina en la castidad tiene tal grandeza, que, sin disminuir el uso placentero del sexo, eleva y enaltece el encuentro amoroso del hombre y de la mujer de acuerdo con su específica dignidad. De ahí, la exaltación del matrimonio como institución natural reflejado en la primera página de la Biblia, del que se origina la familia como «comunidad de vida y amor» entre los esposos y, en su caso, con los hijos como fruto deseado de esa unión conyugal amorosa.

Aurelio Fernández


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