Esta situación de crisis religiosa, no sólo la encontramos en Cataluña, sino que es un poco la situación general de la vieja Europa y del mundo occidental. Por ello desde hace tiempo la Iglesia, comenzando por el papa y los obispos y
hasta los párrocos y sacerdotes en las comunidades parroquiales, nos sentimos inquietos y preocupados por el hecho de la pérdida de la fe y de la práctica religiosa. Por eso últimamente se han dedicado más esfuerzos a trabajar en el campo de la evangelización, la catequesis y la liturgia.
En cuanto a la liturgia, la doctrina de la Iglesia ha sido motivo de sínodos y encíclicas papales, principalmente en lo referente a la celebración eucarística. Los obispos han escrito pastorales y normativas para valorar mejor la Eucaristía y la vida sacramental. Se han hecho campañas a nivel nacional y diocesano para fomentar la asistencia y participación en la misa dominical. Este es un aspecto de la vida eclesial que los sacerdotes hemos de trabajar y cuidar mucho.
La celebración litúrgica, y de manera especial la celebración eucarística, da forma a una comunidad cristiana y a una parroquia, que se reúne para celebrar a Jesucristo, compartiendo la fe, el amor y la caridad. La Iglesia, y por tanto toda comunidad parroquial, debe ser celebrativa, eucarística, litúrgica.
La evangelización, la catequesis, los movimientos apostólicos... todo ha de llevar a la celebración de la fe por medio de la liturgia, y sobre todo la liturgia eucarística.
Por ello el Concilio Vaticano II habló de la liturgia como fons et culmen de la vida cristiana (Cf. Sacrosanctum Concilium núm. 10). Los sacerdotes que presidimos la Eucaristía podemos caer en un doble peligro: la rutina (siempre igual), y creernos que somos los "dueños" de la liturgia, y celebrarla cada uno como quiera y le guste (siempre cosas nuevas y diferentes). Por eso es importante que con frecuencia revisemos la forma en que celebramos. Y lo podemos hacer en un doble nivel: con los hermanos sacerdotes, que también presiden celebraciones, y con la misma comunidad celebrativa, para que todos juntos tomemos mayor conciencia de que celebramos la liturgia de la Iglesia, y por tanto debemos celebrarla bien.
Debemos cuidar mucho –para que la celebración sea digna– nuestros gestos, posturas, palabras, ornamentos litúrgicos, iluminación y ambientación de la iglesia. El Cardenal Danneels dice que la liturgia es como la semilla del evangelio. Aunque en el gran campo de la Iglesia, o en una pequeña comunidad parroquial, haya hierbas o piedras, espinas y cardos... con todo, también hay un corazón humano capaz de hacer fructificar la pequeña semilla para que dé fruto. Debemos creer en la fuerza de la semilla, en la fuerza de la liturgia.

El actual Misal Romano, con su Institutio (3ª edición) nos permite –tanto a sacerdotes como a los fieles–, conocer mucho mejor el libro que utilizamos para celebrar la Eucaristía. Nos permite profundizar en la teología y en la pastoral litúrgica de la celebración del misterio eucarístico, partiendo de la doctrina del Vaticano II, así como también de la encíclica de Pablo VI Mysterium fidei (1965) y de la instrucción Eucharisticum Mysterium (1967) de la Congregación del Culto Divino, junto con las nuevas normas de la instrucción Liturgiam authenticam (2001) sobre la adaptación y traducción de los textos litúrgicos.
Más recientemente, Juan Pablo II en la encíclica Ecclesia de Eucaristia (2003) habló de la Eucaristía como centro de la vida de la Iglesia (n º 3), y el Papa actual, Benedicto XVI, en su exhortación apostólica Sacramentum Caritatis (2007), después del Sínodo sobre la Eucaristía, presenta la Eucaristía como misterio que se ha de creer, se ha de celebrar y se
ha de vivir.
Al describir las partes de la misa, la Institutio del Misal Romano nos explica los rasgos básicos de una buena catequesis eucarística, así como las normas de los diversos ministerios, junto con otros muchos detalles y precisiones que nos ayudan a mejorar la celebración eucarística, y también evitar abusos o defectos en los que podríamos caer.
La celebración litúrgica bien estructurada es aquella que equilibra bien, tanto la liturgia de la Palabra como la liturgia sacramental. Antes del Concilio se pasaba con mayor rapidez la liturgia de la Palabra para alargar la liturgia sacramental. Actualmente caemos en el peligro opuesto: alargamos la liturgia de la Palabra, sobre todo la homilía, en detrimento de la liturgia sacramental, que pasamos más deprisa. El Vaticano II ha valorado la Palabra de Dios, que ha querido igualar con la parte sacramental, a fin de guardar un mejor equilibrio litúrgico entre ambas partes de la misa.