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Benedicto XVI a los seminaristas

Por Mn. Joaquim González-Llanos
Publicado el 07 de septiembre de 2011

"No os dejéis intimidar por un entorno que pretende excluir a Dios", dijo Benedicto XVI a los más de 5.000 seminaristas que asistían a la Santa Misa que tuvo lugar en la Catedral de la Almudena el sábado 20 de agosto. El Papa recordó algunos aspectos básicos de lo que ha de ser un sacerdote para hablar, en una segunda parte de su homilía, de algunos puntos en los que los seminaristas han de estar especialmente atentos a la hora de cuidar su formación.

El Santo Padre ha defendido la santidad del sacerdocio y subrayó que la misión del sacerdote es la misión de Cristo y no otra: “como seminaristas, estáis en camino hacia una meta santa: ser prolongadores de la misión que Cristo recibió del Padre. Llamados por Él, habéis seguido su voz y atraídos por su mirada amorosa avanzáis hacia el ministerio sagrado. Poned vuestros ojos en Él, que por su encarnación es el revelador supremo de Dios al mundo y por su resurrección es el cumplidor fiel de su promesa”.

El sacerdote debe estar centrado en la Eucaristía. Debe imitar la entrega de Cristo en la Eucaristía: “La Eucaristía, de cuya institución nos habla el evangelio proclamado, es la expresión real de esa entrega incondicional de Jesús por todos, también por los que le traicionaban. Entrega de su cuerpo y sangre para la vida de los hombres y para el perdón de sus pecados. La sangre, signo de la vida, nos fue dada por Dios como alianza, a fin de que podamos poner la fuerza de su vida, allí donde reina la muerte a causa de nuestro pecado, y así destruirlo. El cuerpo desgarrado y la sangre vertida de Cristo, es decir su libertad entregada, se han convertido por los signos eucarísticos en la nueva fuente de la libertad redimida de los hombres”.
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Pasó a centrarse en la formación de los seminaristas y trazó los grandes ejes de esta formación: la amistad con Jesús, la oración, el estudio, y también la inserción en la Iglesia. Para esto último hay que meditar el misterio de la Iglesia: “Meditad bien este misterio de la Iglesia, viviendo los años de vuestra formación con profunda alegría, en actitud de docilidad, de lucidez y de radical fidelidad evangélica, así como en amorosa relación con el tiempo y las personas en medio de las que vivís. Nadie elige el contexto ni a los destinatarios de su misión. Cada época tiene sus problemas, pero Dios da en cada tiempo la gracia oportuna para asumirlos y superarlos con amor y realismo. Por eso, en cualquier circunstancia en la que se halle, y por dura que esta sea, el sacerdote ha de fructificar en toda clase de obras buenas, guardando para ello siempre vivas en su interior las palabras de su Ordenación, aquellas con las que se le exhortaba a configurar su vida con el misterio de la cruz del Señor”.

Se trata, por tanto, de configurarse con Cristo. Éste es el aspecto decisivo. El seminarista, o el sacerdote han de conocer bien el tiempo que les ha tocado vivir y, por decirlo así, ser ciudadanos de su tiempo. Pero no para asimilarse a él, sino para transformarlo. Por eso deben tener la visión de Cristo, y arrancar desde este punto de partida, desde Cristo, a la hora de actuar.

Finalmente, propuso a los sacerdotes y seminaristas que imitaran al Buen Pastor: “Pedidle, pues a Él, que os conceda imitarlo en su caridad hasta el extremo para con todos, sin rehuir a los alejados y pecadores, de forma que, con vuestra ayuda, se conviertan y vuelvan al buen camino. Pedidle que os enseñe a estar muy cerca de los enfermos y de los pobres, con sencillez y generosidad. Afrontad este reto sin complejos ni mediocridad, antes bien como una bella forma de realizar la vida humana en gratuidad y en servicio, siendo testigos de Dios hecho hombre, mensajeros de la altísima dignidad de la persona humana y, por consiguiente, sus defensores incondicionales. Apoyados en su amor, no os dejéis intimidar por un entorno en el que se pretende excluir a Dios y en el que el poder, el tener o el placer a menudo son los principales criterios por los que se rige la existencia. Puede que os menosprecien, como se suele hacer con quienes evocan metas más altas o desenmascaran los ídolos antes los que hoy muchos se postran. Será entonces cuando una vida hondamente enraizada en Cristo se muestre realmente como una novedad y atraiga con fuerza a quienes de veras buscan a Dios, la verdad y la justicia”.

 Acabó encomendándose al San Juan de Ávila, patrono del clero secular español y a la Virgen María, Madre de los sacerdotes.

Joaquim González-Llanos
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