Català Castellano

«Porta Fidei» y la reforma de la Iglesia

Por Ignasi Fuster
Publicado el 23 de diciembre de 2011

Porta Fidei es una carta apostólica, del 11 de octubre de 2011, con la que Benedicto XVI ha decidido convocar un "año de la fe", que comenzará el 11 de octubre de 2012 y terminará el 24 de noviembre de 2013 . Aparece delante nuestro la gran cuestión de la fe, es decir, la gran cuestión de Dios. ¿No es esta la gran cuestión planteada por el Concilio Vaticano II, ahora que se cumplirán los 50 años de su comienzo? En realidad, como alguna vez señaló Benedicto XVI, todo el Concilio gira en torno a esta gran cuestión: Dios mismo!

¿Podemos interpretar de alguna manera el deseo del Papa? La cuestión urgente de la nueva evangelización, del «mandato» misionero de la Iglesia, no es una especie de reivindicación del protagonismo de la Iglesia en la sociedad actual: que la sociedad nos escuche por un bien de ella! Es más profundo. Debemos evitar falsos afanes de protagonismo. Impera la necesidad de una humildad de la Iglesia, y de una cierta calma en sus proyectos y programas. Es ahora el tiempo de la interiorización. Es decir, ¿cómo es nuestra fe? ¿Qué debemos hacer para realizar las obras de Dios? (Jn 6,28) (n. 3). La base de la nueva evangelización es la fe de los creyentes.
Pero, debemos reconocer, como el Papa ya advirtió en Portugal, que hoy ocurre con frecuencia que los cristianos se preocupan mucho por las consecuencias sociales, culturales y políticas de su compromiso, al tiempo que siguen considerando la fe como presupuesto de la vida común. De hecho, este presupuesto no sólo ya no aparece como tal, sino que con frecuencia es negado (n. 2). Contemplamos un tiempo de una profunda crisis de fe (n. 2), que afecta a muchas personas. Y no sólo es una crisis de fe, también es una crisis de civilización, en un momento de profundo cambio, como el que la humanidad está viviendo (n. 8).
Y esta crisis también afecta a la misma vida de la Iglesia. Nuestra fe está afectada. De ahí que todo el documento insiste en la necesidad de un proceso de reforma en el seno de la Iglesia como comunidad de creyentes, siguiendo la estela de la renovación eclesial invocada por el Concilio Vaticano II a mediados del siglo XX. Con esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a una auténtica y renovada conversión al Señor (n. 6).
Hoy en día no podemos dar por supuesta la fe de los creyentes. Por eso,  la carta invita a reflexionar sobre el acto mismo con que se cree (n. 9), es decir, sobre la fe como acto del hombre. La fe es decidirse a estar con el Señor para vivir con él. Y este "estar con Él" nos lleva a comprender las razones por las que se cree. La fe, precisamente porque es un acto de la libertad, exige también la responsabilidad social de lo que se cree (n. 10). Se trata de confesar una fe íntegra (puede aportar un gran servicio, como instrumento, el Catecismo de la Iglesia Católica) y al mismo tiempo convincente (fijándose en el ejemplo de los santos).
Y una fe que ha de tener una dimensión pública en nuestra sociedad contemporánea. Como ha dicho el periodista Antoni Puigverd, al «atrio de los gentiles» le debe corresponder "el ágora de la fe». Es decir, el mundo actual debe estar dispuesto, en un ejercicio de racionalidad, a que la voz de la Iglesia pueda resonar en el ámbito público en relación con los grandes temas morales que afectan al rumbo de la humanidad.
Y una fe que es probada. Es como un último rayo de luz sobre la fe (n. 15). Ser de la verdad –consagrados en la verdad, dijo Jesús– hace sufrir. Por tanto, la nueva evangelización es también disposición al sufrimiento por amor a la verdad. iCuántos santos han experimentado la soledad! iCuántos creyentes son probados también en nuestros días por el silencio de Dios, mientras querrían escuchar su voz consoladora! (n. 15). Pero si los evangelizadores huimos de las dificultades y los sufrimientos, entonces la fe sucumbe en la nada.
En conclusión, es una fe para la nueva evangelización. Es la cuestión de Dios, de la Iglesia, del mundo. ¿No emerge de nuevo el espíritu del Concilio Vaticano II? Una Iglesia renovada para el hombre de hoy y los grandes retos de vida o muerte que caracterizan nuestros tan dramáticos tiempos. Esta carta quiere alertarnos sobre cómo planteamos la nueva evangelización. Sólo es posible desde una fe sincera. ¿Cómo es mi fe ante el sufrimiento? ¿Cómo es mi fe ante los que no piensan como yo? ¿Cómo es mi fe ante los avances de la ciencia y de la técnica? ¿Cómo es mi fe ante mi razón y mis sentimientos? ¿Cómo es mi fe delante de mí mismo?
Nueva evangelización no puede ser una huida frenética de nosotros mismos o una especie de demostración de que la Iglesia está viva también en nuestro tiempo. ¿Por qué no podemos reconocer que quizá la Iglesia del nuevo milenio está muerta en algunos de sus aspectos? ¿No le ha invadido un letal espíritu del mundo? No debemos tener miedo a la verdad de nosotros mismos, no podemos retrasar su reforma espiritual y material. Yo recomendaría a todos los cristianos leer seriamente el último discurso de Benedicto XVI, dirigido a los católicos comprometidos, en su viaje a Alemania.
Por el contrario, nueva evangelización significa adentrarnos en nosotros mismos. Y al mismo tiempo, dejar que el "hombre de hoy", con sus aspiraciones y tragedias, con su incredulidad, también entre de alguna manera en nosotros, sin que ello lleve consigo mundanizarnos. ¿No era este el estilo evangelizador de Cristo, como se adivina en los diálogos con Nicodemo y la Samaritana? Superficialmente, evangelizar podría parecer como un éxtasis o una salida hacia fuera. Pero más esencialmente se trata de un viaje de los cristianos hacia su interioridad. El momento de expansión de la fe necesita del momento de interiorización, es decir, del momento crucial de la fe.
Con esto quiero decir que el momento «activo» de la nueva evangelización exige el momento «pasivo» de la fe. Tenemos que volver sobre nosotros mismos, para hacer cada vez más fuerte la relación con Cristo (n. 15). Necesitamos identificarnos más profundamente con el alma del hombre moderno, a menudo marcado por el agotamiento, el desconcierto y la desesperación. Recibirlos de alguna manera en nuestro interior sin miedo. Quizás debemos evitar actitudes de excesiva seguridad en relación con la verdad o de confrontación demasiado dura con nuestra sociedad. Pues, en definitiva, la verdad espléndida de la fe es un don para todo el mundo. Y entonces comprender a Jesús desde las fibras más profundas de nuestro ser. No son tiempos para una precipitación estéril, sino para una sabia –aunque imperfecta– lucidez. Abramos la puerta de la fe.
Ignasi Fuster
Profesor de la Facultad de Filosofía de Cataluña
Rector de la parroquia de Sant Celoni
Bon Pastor, 24
Comparte

wholesale fashion jewelry,discount ray ban sunglasses, cheap ray ban sunglasses, ray ban sunglasses outlet