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La amistad, virtud cristiana

Por Josep Vall i Mundó
Publicado el 17 de septiembre de 2011

A los pensadores clásicos –verdaderas semillas para la posterior profundización en el estudio de esta virtud– se les debe reconocer el gran peso que tuvieron a la hora de entender la amistad cristiana, la cual se fundamentó en el que "dio, por amor , la vida por sus amigos". El aprecio y la amistad verdadera y recta entre personas se verá ya siempre como una participación en ese alto sentimiento que es el amor de predilección. Todo lo que nos ha dicho la escritura sagrada sobre la amistad mantendrá siempre un especial valor ponderativo durante los siglos posteriores.

La amistad cristiana será, para muchos, una participación activa del divino Amor entre los hombres. Naturalmente podrá haber un más y un menos. como en todo. Pero, de hecho, la amistad cristiana perfeccionará aquel dicho clásico: la amistad es una especie de unión de varios corazones en un solo corazón, una unión, una comunión de muchas vidas en una sola. La amistad entonces se manifestará más ferviente, como algo que exige una devoción generosa y desinteresada y que pide una dedicación constantemente renovada.

Los hombres necesitamos, sin duda, de una amistad confiada para vivir en plenitud la vida familiar, social y profesional. Esta condición amigable se suele encontrar siempre entre las personas buenas, como dijeron los clásicos. Ahora diríamos: entre personas santas. Todos debemos luchar por ser personas que viven en profundidad el Amor en mayúscula. Un bello ejemplo de lo que sucede en la amistad cristiana nos lo dará nuestro Ramon Llull en el "Libro del Amigo y del amado" que, fue escrito con una indudable finalidad sobrenatural y que, al mismo tiempo, nos abre los ojos para entender mejor cualquier amistad humanamente noble. Hay que leerlo entero para descubrirlo como un tesoro de nuestras letras.

Sabemos que los hombres justos y fieles son siempre considerados, en el pensamiento cristiano, como los "amigos de Dios" por excelencia. Así lo han afirmado los antiguos libros sapienciales proporcionándonos una poderosa luz sobre la amistad: "Los amigos no fallan nunca ni hacen ver que lo son, ya que la veracidad y la sinceridad íntima se imponen en toda la conducta" (Libro de Jesús, hijo de Sira, 6, 5-37 y Proverbios 17). "El que teme a Dios encuentra verdaderos amigos, y al igual que él es fiel, así lo será el amigo "..." Un amigo fiel es un escudo o refugio poderoso... no hay precio para él... quien lo encuentra, ha encontrado un tesoro "..." Un amigo fiel es un elixir de vida". (Sir. 6, 14-16 )..."En todo tiempo en que se quiere al amigo ... es como un hermano que ha nacido para la adversidad" (Prov. 17,17). La amistad, como dijo Aristóteles, es la "unión de varios cuerpos en un solo corazón y en una sola vida", y así se expresó también la tradición cristiana. La amistad fundamentada en Cristo debe ser perfecta, estable y constante: no es voluble, no se deja corromper por la envidia, no se enfría por las sospechas, no se disuelve por la ambición, y cuando es puesta a prueba, no cede, de tal manera que, a pesar de los muchos golpes y embates que pueda recibir, no caerá, cuando es batida por injurias, se muestra inflexible, cuando se ve asediada por muchos ultrajes externos, permanece inmóvil y firme: inconmovible.

Esta amistad honesta y generosa se considera una útil virtud porque favorece la paz, la concordia y el entendimiento social: es como una de las columnas necesarias para que cualquier forma social sea más justa. La amistad da equilibrio a todo tipo de relaciones y es, de hecho, un elemento de cohesión, que ordena a la justa concordia y mantiene firme toda la "polis" en una convivencia pacífica y pacificadora. El hecho de convivir en paz es muy propio de la amistad en general y, especialmente, cuando es Cristo quien pacifica el mundo por el amor. Muchos cristianos no lo han entendido.

Duns Scoto –pensador franciscano del siglo XIII– sentenció que "la mayor y más preciada muestra de amistad es regalar los propios pensamientos". También esta reflexión la podemos hacer nuestra, ya que la reciprocidad de sentimientos y pensamientos se da siempre entre amigos. Es una forma de hospitalidad: ofrecemos a los amigos nuestra propia casa. Estos nos acompañan sentimental e intelectualmente para que nos podamos sentir más fuertes en los momentos dolorosos, y también más unidos en los acontecimientos gozosos, sin sentir codicias de ningún tipo. Está claro que la amistad se forja con la mutua donación y la ayuda constante. Cuando nos entregamos a la vida social con una confianza absoluta, inmensa y total y cuando exploramos la naturaleza de la sociedad en que vivimos, o examinamos el trabajo vivido, comprobamos que en muchos de estas situaciones nacen amistades sinceras y que, entonces, es un gozo encontrarse con esta realidad, como cuando uno encuentra el minúsculo rayo de sol y de luz que ilumina las oscuridades de una vida pesarosa. Aquel rayo quizás no podrá iluminar todo el conjunto viviente y, por supuesto, no aclarará todas las tinieblas del mundo, pero aportará algo más de magia y de optimismo para empezar a transfigurar o transformar el mundo. Bienvenidos sean estos rayos de luz o de amor que son los rayos de la amistad. La vida mejora con esta consideración que alegra el corazón y que supera todas las decepciones o desencantos.

No podría mencionar todos los escritores que han hablado de un verdadero amor de amistad. En ciertos momentos en que ejercemos el amor de amistad –aquellos "instantes de amor", llamados así por un joven filósofo de Barcelona, Francesc Torralba–, 'el alma se encuentra feliz y dolida a la vez'; feliz con el bienestar que genera y dolida por las penas que uno debe compartir con los amigos. Si, además, hay vínculos familiares, entonces uno ama, con amor de amistad la familia: mujer, hijos, hermanos, tanto en las cosas pequeñas y cotidianas como en situaciones extraordinarias. El ejercicio del amor cristiano de benevolencia también incluye el deber de compartir alegrías, intereses y preocupaciones con los más pobres, los indigentes, los sufrientes, los enfermos y los más necesitados. Desde el interés meramente mundano seguro que no se construye ninguna relación amigable y generoso.

Este amor hacia los demás exige veracidad y sinceridad. La amistad verdadera nunca se debe dejar contaminar por sucedáneos, imitaciones o apariencias engañosas que son probablemente interesadas. La amistad es un hecho vivo, que conlleva perfección, lealtad y benevolencia; que encuentra siempre complementariedad, mutua simpatía, trato cariñoso, alegría, hermandad, confianza, paciente fortaleza y espíritu de servicio con las consecuentes repercusiones sociales que generarán manifiestamente otras virtudes comunitarias: más solidaridad y más preocupación por los demás.

Una conocida novela de Stegner, "En un lugar seguro", nos da uno de estos rayos de sol que proporcionan una maravillosa claridad con respecto a una amistad duradera y encantadora entre dos matrimonios que se ayudan toda la vida hasta el fin –cuando murió una de las esposas–, una situación donde no hay nada falso o mentiroso. En cuanto a la muerte de la protagonista principal, dice uno de los maridos: "No puedes vivir de cerca la mortalidad de los amigos sin que te lleve a pensar en la tuya". Los propios pensamientos de dolor y de muerte son compartidos a lo largo de la novela. Para un hombre de buena voluntad la amistad se ve como uno de los aspectos más claros y más importantes del amor a la vida, en las alegrías y penas; todo es vivido rectamente y desinteresadamente por los amigos. Por supuesto, llena el corazón de paz y se sacia por completo. Se experimenta, entonces, el hecho de que ninguna tormenta, ninguna contradicción, ninguna palabra ni gesto no puede romper una amistad basada en estos fundamentos o vínculos, ya que el hecho de amar rectamente al amigo lo estamos viviendo desde de un amor siempre virtuoso y indefectible. Nos apoyan a la hora de la enfermedad moral o física, no nos dejan solos cuando experimentamos contrariedades, y consecuentemente se lamentan en el caso de no haber podido quizá hacer más por el otro o no haber podido aliviarlo, cargándose el peso del amigo. Se alegra, pues, con las alegrías del amigo y llora con sus penas. El amigo siempre compadece y comparte. Y así, los amigos son un gran apoyo en las horas difíciles, en los momentos de angustia o de contradicción.

Como es lógico la amistad exige también perdonar siempre, y pedir perdón. Si en una relación amistosa se mantuviera algún punto defectuoso o de fricción, o fuera una "amistad ficticia" ya no podríamos hablar de verdadera amistad. Los amigos dan todo lo que tienen: el tiempo, la conversación, la ayuda material y espiritual.

Josep Vall i Mundó

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