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"Indignados" y personalismo cristiano

Por Josep Vall i Mundó
Publicado el 26 de junio de 2011

A raíz del fenómeno de los "indignados", he considerado una de sus "indignaciones": "que los políticos van a la suya; que no escuchan las opiniones de las personas de la calle". En este terreno diremos algo sobre el personalismo ya que esta corriente responde quizás a sus exigencias: la de hacer más caso de las personas. ¿Qué nos dice el personalismo?

El personalismo es una corriente filosófico-social que pone de relive el concepto de persona en los órdenes filosófico, político, familiar, social, etc. La persona es el eje central de toda la existencia humana y considera al hombre, de acuerdo con su naturaleza, como ser trascendente, único, autónomo y comunitario... El personalismo exige al hombre preocuparse del prójimo, tenerlo en cuenta, escucharlo..., una ideología que contempla a los humanos como seres libres y dignos –con una dignidad que quiere eliminar toda desigualdad y discriminación injustas–, tratarlos desde el más verdadero respeto humano y sobrenatural. El hombre es valorado como lo que es: la criatura más perfecta hecha a imagen de su creador.

Podríamos hablar sencillamente de individuos humanos, de una existencia humana sin añadidos. Ahora bien, el personalismo establece una diferencia entre individuo y persona. El individuo existe naturalmente pero no se le ve aislado e insolidario. Va más allá porque el hecho de ser persona implica la existencia de alguien que vive para los demás: es un alguien que, como ser humano, se realiza en la donación libre de sí mismo a los demás.

El hombre es a la vez persona individual y comunitaria. O sea que cada hombre individual es un ser social, racional y libre, abierto a los demás como a personas, expresando todo un conjunto de características espirituales que comportan un plus de calidad: amor, entrega, reciprocidad responsable en la atención de los derechos y deberes esenciales de todos los hombres. Desde esta base entiende la vida social para mejorarla y perfeccionarla. El hombre es un miembro vivo que no puede ser colectivizado. Mira hacia el bien común trabajando para la plenitud social, familiar y espiritual de todos. Considera a todos los hombres como a personas únicas, irrepetibles, acreedoras de todos los derechos fundamentales, no permitiendo que desaparezcan en un conjunto masivo o anónimo. El bien común, desde el personalismo, se entiende como el conjunto de condiciones sociales que facilitan a todos los ciudadanos un libre desarrollo de su perfección.

Con la bien entendida noción de "persona" –sea cual sea su origen, raza, nacionalidad, situación, etc.– el bien común es el primer fruto y el hombre es visto desde un punto de vista elevado: un ser espiritual y material, y a la vez abierto a la trascendencia.

Todo ello requiere que la sociedad se organice para que todos los derechos fundamentales sean respetados. Exige que la sociedad no se construya sobre formas que nieguen este concepto personal esencial. Si no fuera así, se facilitaría el que cualquier forma dictatorial u opresiva entrara en juego, violando muchos derechos humanos.

Los liberalismos individualistas burgueses, los marxistas colectivistas, los diversos materialismos sociopolíticos, serían entonces capaces de construir sociedades que no consideren al hombre como persona sino como a un individuo cualquiera. Y con este reduccionismo, el ser humano no podría ser contemplado en toda su integridad, tampoco en las relaciones interpersonales. Naturalmente, para el personalismo no hay personas-objetos que puedan utilizarse cómo y cuándo se quiera. La "persona" es un "alguien" y, por tanto, nunca puede convertirse en “una cosa”. El personalismo conlleva una elevada moral social, familiar, política... La dignidad de la persona humana genera pues, los más exigentes derechos y deberes-derechos a la vida, a la educación, al trabajo, al salario justo, a la vivienda, a la libertad de domicilio o de expresión...

Fue a mediados del siglo XX –con Emmanuel Mounier, Jacques Maritain, y otros­– que el personalismo cristiano tomó fuerza en el mundo de la política. Los movimientos demócratas cristianos intentaron fundamentar su acción en esta corriente. Algunos lo consiguieron bastante bien, otros se quedaron algo cortos porque se mantuvieron en un cierto liberalismo, enganchados a políticas asociales marcadas por los valores del mercado, de la oferta y la demanda, de la productividad...

Se afirmó que el personalismo era a la vez una respuesta al capitalismo liberal y el marxismo, y también a cualquiera de los movimientos ideológicos totalitarios que esclavizaban al hombre y lo hacían un mero instrumento al servicio del bienestar material. Que se oponía a las corrientes que consideraban el hombre por debajo de "entidades" llamadas "superiores" –el Estado, la nación, los partidos, etc.–. Corrientes que privilegiaban el papel de las instituciones por encima de las personas: la persona existiría para el Estado y no al revés. Según el personalismo, son el Estado y el poder los que deben servir al hombre. El hombre no debe ser esclavo de la economía y de la sociedad, aunque el hombre, naturalmente, es siempre un servidor, es un ser social. El personalismo fue una respuesta cristiana cabal ante la despersonalización del ser humano en manos de los "colectivismos" o "liberalismos".

Cuando todo esto se ha vivido bien, entonces toda una serie de esferas esenciales se han visto potenciadas: el amor, la libertad, la responsabilidad, la dignidad humana, el matrimonio, la vida, el trabajo, la religión, la cultura, etc. La ética social y la antropología política se han renovando. El humanismo personalista ha destacado la verdadera esencia del ser humano, adentrándose en el estudio de su conducta racional y libre. Es decir, el ser humano se ha elevado en las diferentes dinámicas del desarrollo que la creatividad humana es capaz de promover: los "lugares personalistas ónticos" son el "yo" abierto al "tú" y al "vosotros", la razón y la verdad, la voluntad, la bondad en el obrar, etc.

Para Maritain, la idea perfecta del hombre –la visión del ser humano– sólo se puede alcanzar desde un trascendente humanismo integral. Y todas las actividades humanas deben centrarse en Aquel que nos da la existencia. Así es como el hombre puede gobernarse y gobernar, así es como puede alcanzar el bien común con aquella madurez que le es propia, así es como puede comunicarse a los demás..., tanto con el cuerpo como con el espíritu, sin aislarse nunca en el egoísmo. Afirmaba Emmanuel Mounier que toda "existencia encarnada" se nutre gracias al espíritu que vive dentro de nosotros, desvelándose a todos, sean de la raza, condición y religión que sean; nos ayuda a saber cómo y qué debemos hacer para acogerlos como hermanos, cómo compartir sus problemas y a la vez poder comprometerse en la transformación de las estructuras sociales.

El personalismo ha influido mucho en la doctrina social de la Iglesia. Esta doctrina social no es una tercera vía en el mundo la democracia. Pensamos, sin embargo, que cualquier partido demócrata que quiera llamarse de inspiración cristiana se debería mirar en esta doctrina personalista. 

Josep Vall i Mundó

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