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¿Qué es lo que está fallando?

Por Remedios Falaguera
Publicado el 02 de diciembre de 2010
Según las últimas cifras son ya 63 las mujeres asesinadas este año en España por causa de la violencia doméstica. De hecho, según datos de la Organización Mundial de la Salud ofrecidos por el Fondo de Desarrollo de Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM), este tipo de agresiones son la principal causa de muerte en mujeres de entre 15 y 44 en todo el mundo, por delante de la suma de las muertes provocadas por el cáncer, la malaria, los accidentes de tráfico y las guerras.
Estas cifras son motivo suficiente para reabrir de nuevo el debate, desgraciadamente siempre actual y latente en nuestra sociedad, que nos lleva a preguntarnos: ¿Qué es lo que está fallando? ¿Por qué la ley de violencia de género, no sirve para erradicar, de una vez por todas, el problema de miles de mujeres que viven en una continua pesadilla de golpes y amenazas? ¿Qué factores influyen en la violencia física, sexual o psicológica contra la mujer? ¿Cuáles son las causas de este drama personal, familiar y social con secuelas capaces de conmovernos vivamente a todos? ¿Dónde nos estamos equivocando?
La raíces del aumento de la violencia en nuestros días, según los expertos, son muchos y muy variados: crisis de valores educativos, familias desestructuradas, falta de autoridad de los padres y profesores, inmigración, racismo, imagen de la mujer en los medios de comunicación como mero objeto sexual; y sobretodo, la concepción tradicional de superioridad que durante años ha tenido el hombre hacia la mujer.
Es verdad que España tradicionalmente ha sido un país donde el hombre ha ejercido la autoridad con mayor dominio, mientras que la mujer -siempre un lugar secundario: sencillas, amables, educadas, siempre al cuidado del marido y de los hijos-, nunca se ha atrevido a desobedecer.
Es más, para muchas mujeres, educadas en la concepción de que la base de un matrimonio feliz y con éxito era, única y exclusivamente, hacer la vida agradable a su marido, tanto en casa, como en la vida social. Y en caso de no poder lograrlo, la mujer se veía presa de un sentimiento de culpabilidad que llegaba a aceptar el maltrato como una consecuencia lógica del “incumplimiento debido” y del fracaso en su cometido.
Muchos de los agresores, generalmente proveedores principales de la economía familiar, y convencidos que se merecen autoridad y respeto por ello, se han creído con el derecho de mantener la vida de su mujer y de sus hijos en un segundo plano, como objetos que le pertenecen, controlándolos y “poniéndolos en su sitio”, recurriendo, si fuera necesario, a la violencia por medio de golpes, insultos, gritos..., descargando sobre ellos su “hombría”, o lo que es lo mismo, frustraciones o contratiempos.
Pero con los años, la mujer empieza a trabajar, a ser económicamente independiente, a ser una profesional competente y de éxito, y, poco a poco, va conquistando la porción de mundo que le corresponde. Y es, en este momento, cuando muchos hombres reaccionan de forma violenta para mantener su estatus, o de forma más sutil, difunden mensajes discriminatorios y degradantes, a través de los medios de comunicación, para continuar manteniendo un lugar superior en la sociedad.
Si a esto añadimos el abuso del alcohol y las drogas, y la influencia de los medios de comunicación, concretamente la TV, que nos presentan, en muchos de sus programas de entretenimiento, o de forma más sutil, a través de los mensajes publicitarios, modelos de conducta degradantes y “socialmente justificados”, con los que continuar manteniendo un estatus superior en la sociedad, no resulta extraño que el espectáculo se convierta en morbo y que las victimas pasen a ser “profesionales remuneradas” de la pequeña pantalla.
La solución no es fácil. Lo sabemos. Las administraciones públicas, así como asociaciones privadas y ONG´s, se esfuerzan en atajar esta lacra con programas de protección y amparo a la mujer, aumento de juzgados de violencia domestica, terapias, o programas contra la dependencia emocional o patologías agresivas... Todas estas medidas son necesarias, pero sin un proyecto educativo preventivo a corto y largo plazo que logre cambiar la visión de la mujer como ser inferior, y fomente los valores de respeto e igualdad entre los sexos, nada de los esfuerzos realizados servirá para nada.
Como escribió Pedro Núñez Morgades, Concejal del Menor y la Família en Las Rozas, en un artículo titulado “Todos somos educadores”:
“Y lo somos con nuestros consejos, pero sobre todo con nuestros actos. Pretendemos resolver algunos de nuestros grandes problemas, la violencia, el terrorismo, el consumo de drogas... exclusivamente con grandes Leyes que, en el mejor de los casos, podrán mitigar el daño causado. Pero no sé, en cambio, si somos capaces de percibir que, si queremos corregir de forma sostenida y eficaz estos problemas, evitando además que se reproduzcan, la solución la tenemos en la educación de nuestros hijos, en los valores de todos: tolerancia, solidaridad, sentido de la responsabilidad, igualdad de sexos, respeto a los demás, empatía... Deberíamos darnos cuenta de que, si nuestras niñas y niños tienen interiorizados esos valores, tendrán una predisposición al bien y un rechazo natural al mal.
(...) Creo que debemos reflexionar sobre nuestra capacidad como personas individuales para aportar cosas que contribuyan a mejorar la sociedad global. Hoy, los pecados son más de omisión que de obra. Nuestra sociedad día a día se materializa, se individualiza y se deshumaniza. No lo permitamos.
Pensemos en ello y procuremos que los demás lo hagan. Paremos el deterioro por nosotros, pero sobre todo por nuestros hijos. Contribuir, aportando nuestro pequeño grano de arena, a mejorar este manifiestamente mejorable mundo en el que vivimos, debe ser un objetivo colectivo e individual de todos nosotros. Todos podemos hacer más por nuestra sociedad, y todos deberíamos ser conscientes de la influencia de nuestros actos para muchos colectivos próximos a nosotros.
La sociedad, nuestra vida, será lo que cada uno de nosotros queramos que sea. Los cambios en la sociedad no solo los dirigen los poderosos, sino cada uno de nosotros con nuestros actos cotidianos. Cada día es la suma de pequeñas cosas hechas por todos y, sería muy positivo, que fuésemos conscientes de nuestra capacidad para beneficiar o perjudicar a los demás sin apenas esfuerzo”.
Más aún. Todos y cada uno de nosotros tenemos la responsabilidad de implicarnos al cien por cien para aniquilar esta lacra de nuestra sociedad.
“iNo podemos permanecer impasibles y resignados ante este fenómeno!", como señalaba Juan Pablo II con ocasión de la IV Conferencia Mundial sobre la mujer, celebrada en Pekín en 1995. Y añadía: “Quien contempla el mundo y sus sufrimientos con los ojos del Evangelio no puede permanecer ajeno ante el incremento de la violencia que se registra en el ámbito familiar, que afecta a los mayores y a los no nacidos, pero que se centra también, de forma no marginal, con las mujeres maltratadas".
 
 
Remedios Falaguera
 
 
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