
No dudo que la organización del evento fue muy buena. Pero ninguna acción de los hombres es perfecta y a mí me tocó acarrear con el error. Me explico: algunos sacerdotes, que enviamos los datos por internet para inscribirnos a la concelebración en el interior del templo, nos quedamos sin acreditación. Alguno se molestó. Yo también, pero procuré disimular para no agobiar a tantos voluntarios que no se merecían un reproche. Además, pensé: "a mal tiempo, buena cara". Estaba claro que ese sacrificio, ofrecido, ayudaría al éxito del viaje. Incluso sospeché que fuera del templo podría resultar más útil: tal vez podría atender alguna confesión. Y así fue, aunque hubo suspense. Aparecí a las ocho de la mañana con alba y estola morada, es decir, dispuesto a cumplir con ese maravilloso oficio. Me coloqué de pie fuera de la zona de sillas, sin el alba pero con la estola. Y a esperar. Nada. ¿Qué pensarán de mí? Son esas tonterías que a veces, cuando procuramos hacer una obra buena, nos vienen por la cabeza. Aguanta, pensé. Pero nada. Desanimado me senté en mi silla.
Al cabo de media hora, ya comenzada la misa, me llama un voluntario: "en nuestra zona hay cuatro sacerdotes confesando y no dan abasto". A los pocos minutos, esos voluntarios vinieron a buscarme con dos sillas que depositaron en el mismo lugar en donde yo había permanecido en infructuosa espera. Tal era su convencimiento en la infalibilidad de la iniciativa que, contagiado, me coloqué el alba y la estola. Ellos, por su parte, y ahí está el éxito de la iniciativa, se pasearon entre las filas de fieles para anunciarles que había un sacerdote confesando. Al minuto ya tenía dos filas de penitentes esperando. Aquellas colas parecían las de Solidarnosc de Walesa. Lástima que no pueda ofrecerles una foto. No pude seguir la ceremonia hasta un rato después de la comunión. Habían sido casi tres horas de atender a la gente. No lo cambiaría por nada del mundo. Pocas acciones más gratificantes para un sacerdote. Ciertamente la organización no había previsto este aspecto, pero no importa, suplió la fe del pueblo, en este caso, la de un par de voluntarios eficaces.
Conclusión: se dice que los fieles ya no acuden al confesionario, pero esa es una verdad a medias, pues cuando los sacerdotes esperamos sin impaciencias, las cosas cambian. Aquellos fieles tenían deseos de confesar, pero necesitaban un empujón de unos voluntarios que fueran por delante y con entusiasmo les anunciaran: "hay sacerdotes confesando". Otra conclusión: con la presencia del Papa llueve gracia del cielo.
Carlos P. Peñarroya