
Veíamos un telediario, en una de las múltiples cadenas televisivas, cuando el presentador anunció la entrada en vigor de la nueva ley del aborto. Lucía, que sólo tiene nueve años y medio, estaba con nosotros e inmediatamente me miró para preguntarme ¿qué dicen del aborto? Me quedé perpleja, pues hay preguntas que uno se las espera, pero de una niña que empieza a salir de su niñez, nunca. No dudé en explicarle que una ley va a permitir a una mamá acabar −no quise utilizar el verbo matar− con su hijo, que antes era un delito por el que ibas a la cárcel, pero que ahora no va a ser así.
Juan Manuel de Prada escribió en ABC, el pasado 5 de julio, que el aborto sólo podrá detenerse si se logra una verdadera «metanoia», un cambio o conversión social, que él remite al testimonio contagioso de las personas que acojan amorosamente la vida, que prediquen con el ejemplo y muestren el inmenso bien que esos hijos traen al mundo. La joven protagonista de esta reflexión está inmersa en este cambio, es la mayor de seis hermanos, el último se está gestando, no se ve, pero ya cuenta. En su razonamiento sobre el aborto aparecen sin saberlo sus padres, sus hermanos, las formas de tratarse, lo pequeño de cada día. Todo se prepara en su cabeza y corazón para realizar el juicio más certero de nuestros días: lo más valioso de este mundo es cada vida humana, cada hombre. Esto no es una idea, es una verdad que se vive y se transmite en la familia. A la necesidad de ser reconocido y acogido corresponde la misma capacidad de acoger y reconocer a los demás el día de mañana, o lo que es lo mismo, de ser respetado a la capacidad de respetar.