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La lección del IESE

Por Francesc Cabana
Publicado el 22 de junio de 2010

Hacía tiempo que esperaba unas manifestaciones como las que hizo Jordi Canals, director general del IESE, una de nuestras escuelas de negocios, al diario Expansión (20 de mayo). Tendré que volver a creer, desde que mi fe en ellas se debilitó como  consecuencia del papel fundamental que han tenido -especialmente las americanas- en la crisis que sufre el mundo. Ya sé que no se puede generalizar, pero temía que no vería nunca algunas de las afirmaciones que ha hecho Jordi Canals.

Para empezar dice que se acabó el tiempo en que se decía que era prioritario para los administradores buscar el máximo beneficio para los accionistas, que una empresa es una institución que ha de crear valor económico, pero que al mismo tiempo tiene un compromiso con la sociedad. Añadía que los empresarios no sólo deben dar satisfacción a los accionistas, sino a la comunidad que es la empresa, una comunidad de trabajadores. Y en la sociedad donde actúa, diría por mi cuenta, aunque se intuye que el director del IESE también lo entiende así. Hace unos años, manifiesta, ya se puso en evidencia que una decisión económica correcta podía ser moralmente incorrecta. iGracias a Dios que siento decir esto!

Las escuelas de negocios se han ganado la fama de que su objetivo principal es que enseñan a ganar dinero; que quienes se inscriben lo hacen para aprender a hacerse ricos y, a ser posible, con el mínimo esfuerzo posible.

Sería bueno que todos los que piensan así tuvieran ahora un disgusto, al matricularse, cuando les digan que se les pedirá que trabajen mucho y que no deben valorar sólo los resultados contables, sino también los beneficios sociales. Canals hace una afirmación que habría sido heterodoxia financiera pura hace unos años. Dice que la crisis que padecemos ha demostrado que los mercados son ineficientes y seguidamente hace una dura crítica del comportamiento de los bancos de inversión, los reguladores del sistema financiero e incluso de los altos ejecutivos. Les aplica un calificativo que me gusta de lo más: arrogantes.

Añado personalmente: estoy cansado de ejecutivos y empresarios pijos, que tienen menos sentido común y son más ladrillos que el chofer que los lleva al despacho.

Todo empezó en Harvard, la mítica escuela de negocios, cerca de Boston, que creó el modelo seguido por todas las demás. Una escuela que ha buscado el talento y la excelencia y que los ha encontrado, a menudo.

Pero que también ha creado unas generaciones de ejecutivos ambiciosos y egocéntricos, incapaces de reconocer los errores en que han caído y que tan mal han hecho al mundo. Precisamente, Canals lamenta que ellos no han sido capaces de formular una teoría de gestión empresarial lo suficientemente fuerte para contrarrestar las teorías del mundo anglosajón. O sea de Harvard y compañía. Milton Friedman, premio Nobel de economía y catedrático de la Universidad de Chicago, decía que la principal responsabilidad social de una empresa era ganar dinero. No parece que Jordi Canals esté de acuerdo. Sin ganar dinero, una empresa no puede continuar, pero si sólo piensa en los titulares del capital y olvida sus trabajadores y la comunidad donde trabaja, se equivoca totalmente.

En Harvard y compañía se formaron la mayoría de los gestores financieros que llevaron a la quiebra los bancos de inversión de medio mundo y muchas empresas. Y no han hecho autocrítica, que yo sepa.

Me han gustado bastante las declaraciones del director general del IESE. Ahora falta que convenzan aquellos que asisten a sus cursos.

Las escuelas de negocios deben precisar mucho lo que enseñan y lo que se proponen. Puede haber buenos profesores, pero malos alumnos.

Diario Avui,  Domingo, 13 de junio de 2010

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