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El principio de gratuidad

Por Enrique Cases
Publicado el 20 de agosto de 2009

Con ocasion de una Encíclica (Caritas et veritate)  (II)

Se ha intentado en diversas ocasiones el GRATIS TOTAL con fracasos bastante sonados. Basta recordar los socialismos utópicos del siglo XIX, los kibutz judíos y las muy diversas comunas hippys, anarcoides o antisistema del siglo XX. La comunidad de bienes concluía habitualmente en ruina económica, tiranías y peleas intestinas nada pequeñas. De un modo más moderado el sistema sueco de cuidar del ciudadano de la cuna a la tumba con impuestos muy elevados ha seguido un resultado muy similar al convertirse el Estado en el benefactor universal y anular la fuente de la riqueza que es el que pagaba los impuestos. No trata de ese tipo de gratuidad la encíclica, sino de una antropología más completa.


El sistema liberal en su individualismo levemente corregido pretende que el interés de cada uno redunda en el beneficio de todos. En gran parte ha dado muy buenos resultados en la economía libre de mercado, pero no basta, entre otras cosas porque algunos o muchos no pueden acceder al mercado en su miseria. Los sistemas estatistas del socialismo real tenían que recurrir a nociones tan sorprendentes como el mercado negro, cuando era un mercado real frente a la insuficiencia del estatal que no podía cumplir sus funciones. La justicia del interés es más beneficiosa para todos que la estatal tan vulnerable a las trampas de los administradores y las nomenclaturas, pero es necesario dar un paso más que es al que apunta el principio de gratuidad.


Si se observa el sentido del dinero, se ve que no es más que la expresión simbólica garantizada del trabajo de los hombres. Yo te doy mi trabajo y tú me das el tuyo. Ese intercambio es medianamente medible, pero funciona bien. Muchos llegan a pensar que la riqueza es la cantidad de dinero a disposición de alguien o de todos, cuando en realidad es más bien la cantidad cualitativa del trabajo de uno o de todos. No basta tener petróleo, hay que saber que es útil, extraerlo, refinarlo, comercializarlo y que sea fuente de energía. Ahora bien, no todos tienen la misma capacidad de trabajo. Unos rinden mucho y otros poco, algunos casi nada, algunos son gangters. Si se siguiese exclusivamente este criterio pronto unos tendrían mucho y otros poco o muy poco. Es más, si pasamos del trabajo al dinero, aún hay más problemas, pues algunos ganan muchísimo con su trabajo, medido probablemente de un modo caprichoso o malintencionado, y otros no ganan casi nada o nada. Con sólo justicia los desniveles se agrandan.


Es necesario ampliar el criterio de justicia añadiendo a la redistribución estatal y a la caridad privada otro criterio que complete mejor los desequilibrios, y eso lo permite el principio de gratuidad. Una nueva mentalidad es necesaria para conseguirlo. El principio de solidaridad llevó a iniciativas saludables como el 0,7% del presupuesto de los países ricos para ayudar a los pobres, o multitud de ONG e instituciones benéficas. Pero es necesario ir a la fuente de la riqueza que es el trabajo. Es evidente que muchos trabajan con un plus de generosidad en la vida social porque son conscientes de que su capacidad intelectual, artística, de formación o de gestión es un don recibido sin mérito y que deben ayudar a los que no lo tienen. Podría pensarse que es una utopía este trabajo con interés más un plus gratuito, pero no es así a la corta ni a la larga. Benedicto XVI señala que "la comunidad humana puede ser organizada por nosotros mismos, pero nunca podrá ser solo con las propias fuerzas una comunidad fraterna ni aspirar a convertirse en una comunidad universal" (CV 34). Si se consigue una sociedad fraterna o universal se benefician los débiles, pero también los que parecía perder dando un trabajo gratuito al crecer el bienestar de todos. Es posible esa sociedad fraterna sin el amor?


El reto es "dar espacio al principio de gratuidad como expresión de fraternidad" (CV 34) y seguro que surgirán iniciativas que aporten novedad a la sociedad en su conjunto a cada ser humano en concreto.

Enrique Cases


 

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