
El uso de la matemática como instrumento de la ciencia y la utilización del método experimental, constituyen indudablemente una parte muy importante de uno de los grandes monumentos del espíritu humano, en expresión de Xavier Zubiri. Pero, mediante estos procedimientos no es posible conocer toda la realidad. A este respecto ya señaló Manuel García Morente que la vida no es una tabla de logaritmos. Así decía: La ciencia empírico métrica nos ha robado la vida al sustituirla por un conjunto de ecuaciones y de experimentos. Pero, la vida es algo más. Tampoco nadie puede sustituir a su madre por una fórmula matemática. Resulta pues necesario contar con un nivel de conocimiento distinto del de la ciencia empírico métrica, a fin de poder superar un nivel superficial de conocimiento y lograr profundizar en algunas realidades. A su vez, el peligro de un mal uso de la ciencia y de la tecnología, ejemplificado en las guerras mundiales, implica que es preciso auxiliarse de otro tipo de conocimiento, la ética, la cual no es reducible a lo cuantitativo ni a cualidades controlables cuantitativamente.
Así pues, el conocimiento científico serio siempre requiere de un algo más. Esto es, precisa de una apertura a algo que está más allá de su ciencia y sobre lo que dicha ciencia en cuanto tal ni afirma ni niega. En definitiva, más allá de los límites de la ciencia empírico métrica se encuentra también un conocimiento válido, el cual resulta mucho más satisfactorio para los anhelos del hombre.
De modo análogo se puede afirmar que a las matemáticas y a las ciencias físicas, sin salirse de sus dominios y de sus métodos propios, no les es concedido ni afirmar ni negar la existencia de Dios. Dicho de otro modo, la existencia o inexistencia de Dios no es un teorema de matemáticas ni tampoco un registro o algo numérico. Dios no es un número ni una ecuación ni un experimento ni una masa ni una placa fotográfica. Así, un científico serio podrá afirmar la gran importancia de las fuerzas gravitacionales, pero ni un Hawking tiene de derecho ninguna autoridad posible para afirmar, como parte de la ciencia empírico métrica, que la explicación del mundo por las fuerzas gravitacionales implique que este mundo no tiene necesidad de la existencia de Dios. Hawking y Dawkings quedan desautorizados en este punto.
Otra cosa es que la persona, desde la contemplación de la realidad y del universo científico, llegue a ultrapasar los dominios de la ciencia empírico métrica y pensando (filosofando) pueda llegar a decir como José Ortega y Gasset: Dios a la vista. Pues, efectivamente, este universo que conocemos por la física y por otros medios, ya se acepte la hipótesis de la explosión inicial o no, tiene un comienzo y deberá haber una razón de ser de este comienzo, una causa.
Incluso si se afirmase la posibilidad de que este universo fuese eterno, habría de ser causado, pues éste no tiene en sí mismo la razón de su existencia.
San Agustín y Santo Tomás de Aquino llegaron a profundizar en la realidad hasta llegar a colocarse en el nivel más profundo, o punto de vista, del ser de lo existente. Así se llega a percibir que todo aquello que por sí mismo no existe necesariamente ha debido recibir la existencia de algún otro ser, llamado causa. Cada causa requiere a su vez ser causada. Se obtiene así una sucesión de causas hasta llegar a una causa última que no es causada y a esta causa incausada, en el lenguaje filosófico, se le llama Dios y también Dios de los filósofos. El Dios de los filósofos es un ser que da razón suficiente de la existencia del mundo, un ser que es principio de inteligibilidad del cosmos.
La fe sobrenatural, la cual no contradice a la razón sino que la complementa, logra una ulterior profundización en Dios, que es conocida como el Dios de la fe. Muestra así, por ejemplo, que del Dios uno, cuya existencia es demostrada por la filosofía, puede afirmarse el misterio de la Santísima Trinidad. De modo que el creyente y el filósofo creen en el mismo Dios, aunque no todo lo que afirma el creyente de Dios llegue a conocerlo el filósofo. A su vez, en virtud de la armonía entre la fe y la razón, queda abierta la posibilidad de un diálogo entre ciencia teológica y ciencia filosófica, entre fe y razón, entre creyentes y pensadores que aún no sean creyentes. El punto de unión es el ser real, la verdad y la razón que conoce el ser.
José María Montiu de Nuix
sacerdote, matemático y doctor en filosofía