Hubo un tiempo en el que el poder civil y la autoridad eclesiástica se confundían demasiado. Erasmo de Rotterdam lo denunció con la rotundidad de sus críticas: “¿Cómo casan el báculo y la espada, la mitra y el casco, el Evangelio y el
escudo? ¿Cómo se puede predicar a Cristo y a la guerra, a Dios y al diablo con una única trompeta?”.
El mismo pensador renacentista fue víctima de la intolerancia, también entre los ambientes adscritos a una religión. Stefan Zweig dice en su magnífica biografía que “tuvo que huir de Lovaina porque la ciudad era demasiado católica y de Basilea porque era demasiado protestante”.
Por fortuna esta época pasó en Europa. Es una evidencia histórica que no sería lícito juzgar desde la óptica actual aislándola del contexto de conflictos bélicos tan frecuentes.
La solución está en un equilibrio entre lo temporal y lo eterno que enseñó el mismo Cristo cuando le presentaron aquella moneda y dijo: “Dad a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César”, que San Agustín interpreta: “Al César, los impuestos; a Dios, vosotros mismos”.
Quienes en nombre de la modernidad, el progresismo o una laicidad mal entendida, pretenden quitar a Dios de la vida pública, no permiten respirar en libertad a quienes piensan distinto. Con los impuestos de todos hacen una política que podría anunciarse: “El César es de todos; Dios es de unos cuantos”. Quienes crean que el aborto es criminal deberán pagar como todos la financiación pública del aborto.
Aunque por otras razones, Erasmo se iría otra vez al exilio.
Antoni Coll Gilabert