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Benedicto XVI con los profesores universitarios

Por Josep Vall i Mundó
Publicado el 29 de agosto de 2011

Que sean "auténticos maestros" para formar a la juventud como "personas abiertas a la verdad total en las diversas ramas del saber" y convencidas de "la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad" (Benedicto XVI).

Benedicto XVI en Madrid ha reunido, en torno a él, a multitudes de católicos. Miles y miles de personas, –la mayoría jóvenes– le han escuchado directamente. También, obispos, sacerdotes, seminaristas, religiosas, intelectuales, padres de familia... Desde nuestros hogares hemos conectado con la televisión cuando nos ha convenido hacerlo para enterarnos de los diferentes encuentros, ya fuera por curiosidad, por un verdadero interés, por criticarlo o para alabarlo.

El Santo Padre ha hablado de fe, de caridad, de coraje, de esperanza, de trabajo, de rectitud de corazón y de mente, de la búsqueda de la verdad, del eclipse de Dios en muchas conciencias, de vocación a la santidad, de la ayuda a los más necesitados y desvalidos, del desprendimiento de los bienes temporales, del compromiso político y social en medio de la sociedad... Y lo ha dicho con palabras bien comprensibles para todos. Ha dado ejemplo de entrega y dedicación en muchos momentos del viaje, lo cual le ha exigido mucha fortaleza y paciencia, y naturalmente mucho amor.

Ha mantenido entrevistas con los Reyes, con varios gobernantes, con enfermos profundos o desahuciados, con los voluntarios de las jornadas, es decir, aquellos miles de jóvenes que estuvieron al servicio de todos los participantes.

Quisiera hacer mención especial al discurso dirigido a los profesores universitarios. Fue el viernes en San Lorenzo del Escorial. Conocedor profundo del mundo académico, el Papa –teniendo delante a muchos profesores del mundo universitario– les ha hablado de la racionalidad de la fe, de creencia y ciencia, de investigación, de magisterio entregado... La Universidad –dijo– "encarna un ideal que no debe desvirtuarse ni por ideologías cerradas al diálogo racional, ni por servilismos a una lógica utilitarista de simple mercado, que ve al hombre como mero consumidor".

Les ha pedido que sean "auténticos maestros" para formar la juventud como "personas abiertas a la verdad total en las diversas ramas del saber" y convencidas de "la capacidad humana de avanzar en el camino hacia la verdad". Les ha hecho ver que es alta la aspiración que pueden transmitir, personalmente y vitalmente, a sus alumnos "y no simplemente unas técnicas instrumentales y anónimas, o unos datos fríos, usados sólo funcionalmente".

El Papa les ha animado a "no perder nunca la sensibilidad y la ilusión por la verdad, a no olvidar que la enseñanza no es una escueta comunicación de contenidos, sino una formación de jóvenes a quienes habéis de comprender y querer". Ha hecho hincapié en que el estudio y la investigación son un "camino" que lleva hacia la verdad: el "camino de la inteligencia y del amor, de la razón y de la fe. No podemos avanzar en el conocimiento de algo si no nos mueve el amor, ni tampoco amar algo en lo que no vemos racionalidad".

Alertó de que "la verdad misma siempre va a estar más allá de nuestro alcance. Podemos buscarla y acercarnos a ella, pero no podemos poseerla del todo: más bien, es ella la que nos posee a nosotros y la que nos motiva. En el ejercicio intelectual y docente, la humildad es asimismo una virtud indispensable, que protege de la vanidad que cierra el acceso a la verdad. No debemos atraer a los estudiantes a nosotros mismos, sino encaminarlos hacia esa verdad que todos buscamos. A esto os ayudará el Señor, que os propone ser sencillos y eficaces como la sal, o como la lámpara, que da luz sin hacer ruido" (cf. Mt 5,13-15).

La universidad, para Benedicto XVI, debe ser el hogar donde se busca la "verdad propia de la persona humana". Para conseguirlo es necesario "superar toda concepción relativista, utilitarista y reduccionista" ... sin quedarse en una enseñanza puramente técnica, de acuerdo con las demandas del mercado. También les habló de los posibles abusos de una "ciencia que se cree ilimitada" en cuanto al uso de los medios para alcanzar unas precisas finalidades. Estaba claro que aludía a los límites éticos o morales que conlleva el respeto del hombre, como persona, y de su dignidad, como criatura hecha a imagen y semejanza de Dios, la cual no debe manipularse como cualquier cosa material ya que la criatura humana siempre es "alguien". ¿Estaría pensando el Papa en aquellos otros tiempos, ya pasados, en que los nazis investigaban científicamente para hacer avanzar la ciencia a base de sacrificar muchas vidas humanas de judíos, de enfermos inútiles, de viejos caducos, de embriones, etc.? ¿No traspasaron entonces estos límites éticos dramáticamente?

La visión universitaria vital, moral y científica del Santo Padre ha sido, pues, un regalo en estos tiempos de pensamiento débil y de relativismo creciente.

Josep Vall i Mundó

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