A raíz del próximo día 28 –cuando hemos de elegir entre varios candidatos al Parlamento y consecuentemente al futuro Presidente de la Generalidad– creo que es conveniente abordar el tema del espíritu de servicio en la política y en general.
Los grandes hombres de todas las épocas insisten en este espíritu para la plenitud de un gobernante, de un dirigente, un jefe de familia. Jesús afirmó: "Yo estoy entre vosotros como el que sirve" (Lc.22,27) ..."el Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos" (Mt 20,28). Podríamos proponer muchos ejemplos de hombres y mujeres ilustres para dejar bien patente que, en gran parte, la paz y el bienestar de un país se construye desde el espíritu de servicio de los gobernantes. Todo espíritu de servicio debe nacer de la estimación hacia los que nos acompañan en la vida para llevar este mundo hacia su plenitud, y podríamos aludir a las desgracias y los desastres que dominan el mundo como consecuencia de la falta de este espíritu y de la paz social: la paz será siempre y sólo fruto de la justicia, la libertad y el amor.
Los antiguos afirmaban aquello del "nolentes quaerimus" –"buscamos para los cargos de gobierno a aquellos que no los ambicionan, a los que no quieren figurar"–. Lo decían cuando debían hacer algunos nombramientos para cargos de responsabilidad. Es esta intencionalidad la que encontramos en Agustín de Hipona cuando indica cómo se debe ejercer la función de servicio: "Non tam praeesse quam prodesse", es decir: "no tanto mandando o presidiendo sino más bien sirviendo, siendo útil".
El político también en su labor de servicio debe ser un hombre vigilante, para ver de lejos lo que se acerca y ejercer así una especie de providencia o pre-videncia. Deberá cargar sobre los hombros y sobre el corazón la difícil tarea de resolver los problemas que pueden presentarse. No deberá dejarse llevar por el anhelo de poder, ni por las ansias de popularidad, ni buscar tampoco los posibles halagos o el afán de quedar siempre bien y "bonito". Para servir debe vivir la atención a todos, ser sabio, discreto, enérgico y esforzado en el trabajo, procurando hacerlo todo con tesón, imaginación, valentía, rectitud y competencia... Se rodeará de los "mejores" , en los diversos sentidos que puede tener esta palabra. Los buenos gobernantes buscan como colaboradores los mejor preparados, los más estudiosos, los que no tiemblan cuando tienen que decidir lo debido, los más honrados, los más patriotas, los más rectos moralmente, los más constantes, los que mejor entienden el Bien Común. Sólo así podrán servir al pueblo que les ha sido confiado y podrán alcanzar aquella serena paz que todos desean, de acuerdo con una exigente justicia y una verdadera libertad.
¿Cómo se sirve desde la política o desde un cargo público? Asumiendo plenamente todas las responsabilidades propias de las funciones encargadas y aceptadas; asumiendo el reto para mejorar todas las leyes que afectan al bienestar familiar, el progreso cultural y educacional, la transparencia en el uso de los medios económicos, la capacidad científica en las universidades, la seguridad pública, el empleo y creación de puestos de trabajo a través de una buena estimulación empresarial... Como aseguraba alguien, estas responsabilidades son de todos, pero "deben ir de arriba abajo". Los gobernantes sirven "sirviendo", "dando ejemplo". Se puede "servir" desde cualquier cargo, pero cuando se ve cómo algunos aceptan, tan tranquilos, la corrupción, la mentira, la hipocresía, la discriminación, el partidismo... como medios normales de gobierno...; cuando se gobierna desde el resentimiento o el prejuicio, cuando no se sirve porque no se escucha al pueblo soberano, cuando se deciden cuestiones importantes sin tener los datos convenientes, cuando hay una ignorancia supina de lo que exige el bienestar de todos, cuando no se tienen, por negligencia, las capacidades necesarias para cumplir con el cargo..., entonces el pueblo debería levantarse y prohibir que gobernaran los incompetentes.
Por medio del voto personal y secreto se debe dar apoyo a quienes creemos que mejor garantizan el bienestar social, familiar, educativo, laboral... de los ciudadanos: en una palabra, el Bien Común. Un Bien que comprende otros aspectos muy diversos: natalidad, investigación científica, seguridad y moralidad pública, paz y concordia, libertad religiosa, de expresión, de domicilio, así como libertad de conciencia, ...cultura, solidaridad con los más débiles –indigentes, enfermos, niños, ancianos...–, el reparto adecuado y justo de la riqueza, la recta distribución de las cargas fiscales, la lucha contra la corrupción, ayudas al mundo rural, a la industria y al comercio, soluciones justas a la inmigración,... y tantas cosas más.
Desde estas líneas, que quieren inspirarse en los grandes fundamentos del personalismo cristiano, se pide que se procure tener en cuenta los principios cristianos más esenciales: preeminencia de la persona por encima de todo tipo de colectivismos y estatalismos, la salvaguarda de los derechos humanos fundamentales, la dignidad de la persona, la práctica del principio de subsidiariedad, el ejercicio de la justicia social y la solidaridad con los más necesitados en todos los órdenes, la justa distribución de la riqueza, la separación Iglesia-Estado, aunque conviene que haya siempre una mutuo entendimiento y una amistosa colaboración en todo aquello que sea necesario o conveniente para el bien de los súbditos, etc.
No hace mucho –desde diversos foros– se pidió un esfuerzo a todos los políticos y a todo tipo de organizaciones para llegar a un sistema social más ético y transparente y no caer en los errores del pasado. Hemos sufrido, durante largos años un paro "imposible" y una regresión del bienestar espiritual, el deterioro social y espiritual, el descubrimiento de trapacerías inconcebibles en el orden económico, y muchos otros problemas derivados de la incompetencia política... El personalismo cristiano nos pide –por eso a menudo hay que estudiar bien cada uno de los programas electorales– que se legisle y se gobierne teniendo en cuenta tanto aquellos bienes antes mencionados, como la tutela de la vida –desde la concepción hasta su fin natural– , el cuidado de los más desprotegidos y necesitados, la protección del matrimonio y las ayudas a la familia como núcleo esencial de la sociedad, el respeto de la libertad religiosa y de la verdadera libertad que conduce al hombre hacia su plenitud.
En estas elecciones nos jugamos mucho. Que nadie se quede en casa: desde muchos puntos de vista, tanto éticamente políticos como personales, no es de recibo la abstención. Que cada uno vote en conciencia: podemos votar entre un montón de propuestas, o votar en blanco. Esperamos que el 28 de noviembre los catalanes muestren su madurez, forjarán un futuro mejor.
Josep Vall Mundo