Fecha: 13 Septiembre 2010
John Henry Newman (1801-1890) es uno de los pensadores cristianos con mayor influencia en el último siglo, especialmente en el mundo anglosajón. Como intelectual, teólogo, cardenal y ahora beato, Newman sigue siendo una figura destacada que tiene mucho que decir hoy. Recordamos algunos artículos que le hemos dedicado.
Jack Valero, portavoz de la causa de beatificación de John Henry Newman, explica cinco polémicas que algunos han suscitado. (Juan Meseguer, 08-09-2010 ).
El hombre que ha sido llamado el “perito invisible” del Concilio Vaticano II intervino en las polémicas intelectuales de su tiempo y sigue teniendo mucho que decirnos hoy (C. John McCloskey, 29-08-2001).
– Biografías
– Reseñas de libros
En Temes d´avui resumimos a continuación, los dos artículos y la reseña del libro de Ker.
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Cinco polémicas en torno a Newman (resumen)
Jack Valero, portavoz de la beatificación del cardenal Newman
John Henry Newman (1801-1890) optó decididamente por buscar la verdad, aun a costa de perder amigos y prestigio social. Por eso, nada tiene de extraño que Benedicto XVI –que ha denunciado con tanta energía la “dictadura del relativismo”– haya querido celebrar su beatificación el 19 de septiembre en Birmingham. Hemos entrevistado a Jack Valero, portavoz de la causa de beatificación del pensador inglés.
Firmado por Juan Meseguer
Fecha: 8 Septiembre 2010
Sorprende que la figura de un sacerdote católico del siglo XIX esté suscitando tanto interés en la secularizada sociedad británica. Hasta ahora, Newman sólo era conocido en ambientes intelectuales. Pero, de la noche a la mañana, los medios de comunicación británicos han visto en él una fuente de historias... y de controversias.
En esta entrevista, Valero explica cinco polémicas que han rodeado la beatificación de Newman: el empeño del lobby gay por presentarlo como un homosexual; las disputas en torno a su doctrina sobre la primacía de la conciencia; su carácter aparentemente hosco y reservado; las dudas acerca de su milagro; y su posible influencia negativa en el ecumenismo.
Amistad y celibato
– Fiel a su tendencia a apropiarse de personajes históricos, el lobby gay británico reivindica que el cardenal Newman era homosexual. Argumentan que Newman se hizo enterrar con su amigo y colaborador, el padre Ambrose St John, fallecido antes que él, “porque vivían juntos y se amaban”. ¿Qué hay de cierto en esto?
– La idea de ser homosexual habría sido totalmente ajena a Newman. A los 16 años se comprometió a vivir célibe. La Iglesia anglicana no exige el celibato a sus pastores, pero él lo vio como una vocación propia. Esta opción personal por el celibato la mantuvo durante toda su vida, primero como pastor anglicano y después como sacerdote católico.
La castidad de Newman está perfectamente documentada. (...)
El problema es que, en una sociedad tan sexualizada como la nuestra, no se entiende la amistad intensa entre dos hombres. El hecho de que Newman fuera célibe y no tuviera compromisos familiares, le permitió volcar su capacidad de querer en Dios y en sus amigos. Así, llegó a establecer relaciones de amistad muy sinceras. Llamar a esto “homosexualidad” es devaluar el sentido profundo de la amistad.
Un pensador audaz
– Otra polémica en torno a Newman es la que usted llama “la batalla por su alma”; es decir, el intento de los teólogos de las más variadas tendencias de reclutarlo para su causa. ¿Tan ambiguos eran sus escritos?
– No, lo que pasa es que Newman se adelantó a su época en muchas cosas. Tuvo la audacia de escribir sobre temas que, en el siglo XIX, no se entendían bien (como el papel de los laicos o la primacía de la conciencia). Esto, unido a su origen anglicano, levantó ciertas sospechas sobre él.
Por ejemplo, en 1859 (...) le piden que dirija la revista cultural Rambler. Pero sólo dura dos números como director, pues le sustituyen por escribir un polémico artículo, titulado “Consultar a los fieles en materia de doctrina”.
Sus ideas parecían heréticas a algunos, pero luego el tiempo le ha dado la razón. El Concilio Vaticano II destacó doctrinas que Newman había acentuado en su teología: la doctrina de la inhabitación divina en el alma, la centralidad de Cristo en la historia de la revelación y la salvación, la importancia del misterio pascual en el cristianismo, su teoría del desarrollo del dogma, el diálogo ecuménico, etc.
También el Catecismo de la Iglesia Católica recoge sus enseñanzas sobre la conciencia moral, e incluso cita un pasaje de su famosa Carta al Duque de Norfolk que podría parecer controvertido: “(...) La conciencia es la mensajera del que, tanto en el mundo de la naturaleza como en el de la gracia, a través de un velo nos habla, nos instruye y nos gobierna. La conciencia es el primero de todos los vicarios de Cristo”.
– De modo que no cabe interpretar su doctrina sobre la primacía de la conciencia como un desafío a la autoridad papal.
– No, claro que no. Quienes defienden esto suelen ser católicos disidentes que no quieren saber nada de Roma. A menudo citan la respuesta que dio Newman al ex primer ministro británico William Gladstone, que acusaba a los católicos de terminar cada banquete con un brindis al Papa. “Si me veo obligado a implicar a la religión en un brindis al final de una comida –cosa que no es en absoluto oportuna–, brindaré por el Papa, si os complace, pero antes por la conciencia y después por el Papa”, escribe Newman.
(...) La figura de Newman es tan atractiva que entusiasma a todo tipo de gente; esto explicaría la diversidad de opiniones que hay sobre él. (...)
¿Mal carácter?
– También hay quienes se quejan de que la Iglesia católica proponga como modelo de santidad a un tipo al que presentan como un tanto hosco y poco diplomático.
– El carácter de una persona no es un obstáculo para que la Iglesia la declare santa. (...)
Cuando fundó el Oratorio de Londres (1849) (...) dejó al frente de la casa a Frederick Faber, un sacerdote converso muy apasionado. Los seguidores de Faber tenían opiniones extremistas y empezaron a considerar a Newman como un católico tibio. Este fenómeno produjo mucha tensión entre los dos oratorios.
Faber escribió por su cuenta a Roma sin decir nada a Newman. Esto le molestó bastante y estuvieron enfadados durante varios años. También tuvo serias discrepancias con el cardenal de Westminster, Henry Edward Manning. Pero lo importante es que, al final de su vida, se reconcilió con todos. Pidió perdón y se hizo más humilde.
La gente corriente le quería mucho. Cuando vivía en Birmingham, muchos desconocían su intensa vida intelectual; le veían simplemente como su párroco. Visitaba a los pobres, a las familias... y les trataba con mucha amabilidad. Cuando murió, 20.000 personas salieron a la calle para acompañar su ataúd.
También hubo necrológicas muy elogiosas. The Times, por ejemplo, escribió: “Con independencia de que Roma lo canonice o no, [Newman] será canonizado en las mentes de la gente piadosa de muchos credos de Inglaterra”.
El milagro de la discordia
– En un artículo publicado en The Sunday Times (9-05-2010), John Cornwell –autor del beligerante libro sobre Pío XII, El Papa de Hitler– argumenta que la curación de Jack Sullivan, atribuida a Newman, no tiene nada de milagrosa pues es perfectamente explicable desde el punto de vista médico. ¿En qué se apoya Cornwell para defender esto?
– Los argumentos de Cornwell son bastantes viscerales; abundan los sarcasmos anticatólicos y, al final, se olvida de los motivos que dan los expertos de la Santa Sede para considerar milagroso este caso.
Jack Sullivan, entonces de 62 años, es un juez de un distrito de Massachusetts (Estados Unidos) que se estaba preparando para ser ordenado diácono de la Iglesia católica. En el 2000 se le diagnostica una enfermedad grave de la columna vertebral, que le deja prácticamente inválido.
En junio de ese año, la cadena de televisión estadounidense EWTN retransmite un programa sobre el cardenal Newman. El sacerdote John McCloskey entrevista a Ian Ker, autor de una de las biografías más alabadas sobre Newman. Al final del programa, McCloskey invita a los espectadores a acudir a la intercesión del teólogo inglés.
Entonces Sullivan, que estaba viendo el programa, reza: “Por favor, cardenal Newman, ayúdame a andar para que pueda volver a mis clases de diaconado y ordenarme”.
Al día siguiente, Sullivan empieza a andar. Esta situación se prolonga, ante el asombro de los médicos, hasta abril de 2001. Pero tras terminar sus estudios de diaconado, reaparecen los dolores intensos.
Sullivan decide operarse de la espalda. Los médicos le advierten que la recuperación va a ser lenta. El 15 de agosto de 2001, doblado de dolor, Sullivan vuelve a rezar a Newman. En ese momento, desaparece el dolor de manera instantánea, completa y permanente, y recobra la movilidad.
Así las cosas, en julio de 2009 John Cornwell acude al Oratorio de Birmingham para tener una comida amistosa. Allí le dan, como muestra de buena voluntad, la Positio de Newman (que, por otra parte, es pública y puede leer cualquiera). Cornwell se la lleva a tres médicos. Éstos dicen que el primer milagro no cuenta, pues a Sullivan le vuelve el dolor. Y el segundo tampoco, pues es fruto de una operación médica. Con esta información, Cornwell elabora su artículo para The Sunday Times.
En ese artículo, no sé si de manera deliberada o no, Cornwell desvía la atención hacia otro lado. El milagro de Newman no consistió en curarle la espalda a Sullivan, sino en librarle de manera instantánea, completa y permanente de su dolor y en devolverle la total movilidad. Los expertos de la Santa Sede no pudieron ser más claros sobre este punto: “El juicio de 'no explicable´ –dijeron– se refiere exclusivamente a su inmediata recuperación tras la operación, en absoluto previsible en su caso concreto”.
El doctor Robert Banco, jefe de cirugía de columna del hospital New England Baptist de Boston, dijo que de los más de 15.000 pacientes con dolencias parecidas a las de Sullivan que había atendido, nunca había visto una recuperación semejante a la suya. De hecho, ninguno de los tres médicos de Cornwell fueron capaces de explicarlo. Esta es la clave del milagro.
Admirado por católicos y anglicanos
– La quinta polémica que usted señala es la cuestión ecuménica. ¿Puede verse la conversión de Newman al catolicismo como signo de división entre anglicanos y católicos o más bien como un símbolo de unidad ecuménica?
– Newman continúa siendo una figura importante para los anglicanos. De hecho, la Iglesia de Inglaterra reconoce su santidad al incluirlo en el calendario litúrgico. Los anglicanos conmemoran al teólogo inglés el 11 de agosto, fecha de su muerte. La mayoría de los anglicanos están contentos de que el Papa venga a beatificar a Newman, pues ven en él un punto de unión.
(...) Newman contribuyó de manera decisiva a renovar el anglicanismo, al conectarlo con los Padres de la Iglesia. (...)
– A algunos medios les ha sorprendido que sea el propio Benedicto XVI quien celebre personalmente la beatificación de Newman en contra de su práctica habitual de delegar en los obispos locales.
– Mi impresión es que Benedicto XVI está cuidando mucho la visita para dejar claro que su intención es unir, no separar. (...)
Por otra parte, Newman ya es una figura de valor universal. Es una persona que entiende lo difícil que es vivir como cristiano en un mundo secularizado. El suyo no fue un camino fácil; sufrió mucho por buscar la verdad y por defender la armonía entre fe y razón. Creo que todo esto conecta muy bien con las enseñanzas de Benedicto XVI.
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Las polémicas de Newman (resumen)
(En el segundo centenario de su nacimiento)
Firmado por C. John McClosley
Fecha: 29 Agosto2001
(...) El hombre que fue llamado "el perito invisible" del Concilio Vaticano II sigue teniendo mucho que decirnos hoy. El siglo XXI podría ser el que nos permitiera afirmar que el valor de las batallas dadas por Newman y la originalidad de sus aportaciones a la Iglesia se han visto plenamente reconocidas y han fructificado.
Tal y como el Papa expresaba en su carta del bicentenario: "Newman nació en una época agitada, que vio no sólo trastornos políticos y militares, sino también turbulencias para las almas. Viejas convicciones se vieron debilitadas, y los creyentes hubieron de enfrentarse, por una parte, a la amenaza del racionalismo, y, por otra, a la del fideísmo. El racionalismo trajo consigo un rechazo de la autoridad y de la transcendencia, mientras que el fideísmo dio la espalda a los retos de la historia y a los asuntos de este mundo, entregándose a una distorsionada dependencia de la autoridad y lo sobrenatural". Juan Pablo II, admirador del cardenal Newman desde hace mucho tiempo, ha abordado recientemente la cuestión del liberalismo religioso y el supuesto conflicto que enfrenta a la fe con la razón, así como la "crisis de la verdad", en su encíclica Fides et ratio.
Newman fue un hombre polifacético y se han escrito docenas de libros acerca de los diversos aspectos de su vida intelectual. Lo que me propongo examinar aquí es la figura del cardenal como polemista. Si bien era un hombre de naturaleza tímida y reservada, rara vez rechazaba un reto que le pareciese una oportunidad de exponer la verdad, independientemente de que el desafío proviniera del interior del catolicismo o de fuera.
Cuando, de forma inesperada, el papa León XIII le hizo cardenal en 1879, Newman dejó claro cuál había sido el objeto de su trabajo, como anglicano y como católico:
"Durante treinta, cuarenta o cincuenta años me he resistido con todas mis fuerzas al espíritu del Liberalismo en religión (...) El Liberalismo en religión es la doctrina que no acepta la existencia de la verdad positiva en el ámbito religioso, sino que afirma que un credo es tan bueno como cualquier otro; ésta es la enseñanza que día a día va ganando acometividad y fuerza. Se manifiesta incompatible con el reconocimiento de cualquier religión como verdadera. Enseña que todas deben ser toleradas, como asuntos de simple opinión. La religión revelada –se afirma– no es una verdad, sino un sentimiento y una experiencia; no obedece a un hecho objetivo o milagroso, y a cada persona le asiste el derecho a interpretarla a su gusto. (...). La religión es una convicción tan personal y un bien tan privado que necesariamente hemos de ignorarla en las relaciones con otras personas".
Newman podía haber estado describiendo la situación del siglo XX, época en la que las religiones se crearon a millares, basadas en el principio del juicio privado, y cuando en muchas partes del mundo occidental, especialmente en Europa, el mero hecho de sacar el tema de la religión en una conversación personal podría ser motivo suficiente para evitar a un conocido o incluso para romper una amistad.
El cardenal escribió unos treinta libros. (...) Muchas de estas obras tuvieron su origen en polémicas provocadas por ataques o malentendidos inesperados.
Una doctrina en desarrollo
Quizá su obra más importante como teólogo fuera su Ensayo sobre el desarrollo de la doctrina cristiana, publicada en 1845. Desde principios de la década anterior, Newman había sido la cabeza del Movimiento de Oxford dentro de la Iglesia Anglicana. Este grupo de clérigos anglicanos fueron tomados por revolucionarios que intentaban reintroducir principios, devociones y tradiciones católicas en una "Low Church", ala protestante del anglicanismo, tenazmente opuesta a ello. Newman y sus colegas e íntimos amigos, John Keble y E.B. Pusey llevaron adelante el movimiento a través de escritos y distribuyendo folletos a clérigos y laicos cultos de toda Inglaterra. (...) Escribió su libro fundamental de teología. Retrospectivamente, el libro representó una explicación teológica razonada de su conversión final al Catolicismo.
La idea central del libro es que en la Iglesia se ha dado un desarrollo doctrinal bajo la guía del Espíritu Santo, cuya autoridad sobrenatural garantiza su autenticidad. El autor intentaba demostrar que la Iglesia primitiva de los primeros tiempos de la cristiandad era idéntica a la Iglesia Católica contemporánea. Tal como afirma su biógrafo más reciente, el P. Ian Ker, "el libro es el equivalente teológico de El origen de las especies, al que precede en más de una década".
El libro acaba con una petición al lector: "Y, ahora, querido lector, el tiempo es breve; la eternidad es larga. No apartes de ti lo que aquí hayas encontrado; no lo consideres como una mera cuestión de controversia actual; no te propongas rebatirlo y, buscando la mejor manera de hacerlo, no te engañes pensando que todo nace del desencanto, la indignación, o la agitación, los sentimientos heridos, o la excesiva sensibilidad u otras debilidades. No te refugies en los recuerdos del pasado; ni decidas que es verdad aquello que tú quieras que lo sea, ni conviertas en ídolos a ilusiones entrañables. El tiempo es breve, la eternidad larga".
Saliendo al paso de los prejuicios
En 1851, después de su conversión, su ordenación como sacerdote católico, y la fundación del Oratorio en Inglaterra, Newman escribió La situación actual de los católicos en Inglaterra. Se trataba de defender a los católicos de seculares prejuicios protestantes, nuevamente suscitados por la reinstauración de una jerarquía inglesa por parte de Pío IX. Aquí encontramos al Newman más agudo y festivo, y él mismo consideraba que éste era su mejor libro. Muchos de esos mismos prejuicios continúan vivos hasta la fecha en todo el mundo angloparlante, aunque están más extendidos entre confesiones fundamentalistas que entre las mayoritarias. Afirma que cuanto más atractivo era el catolicismo para la gente, más necesario fue que el protestantismo lo atacara como algo diabólico. Tales impresiones "no están posteriormente ligadas a los hechos o al razonamiento que las provocaron igual que un golpe, una vez dado, no sigue en relación con la piedra o el garrote con que se propinó". Este prejuicio permanece como "una mancha en la mente". El autor critica estos prejuicios, sobre todo por su incoherencia.
Pese a todo, Newman sigue siendo un inglés de cuerpo entero y alaba a los ingleses por su "imparcialidad con las personas". Asegura, proféticamente, que el mismo Papa sería sin duda alguna "recibido con vítores, y seguido por multitudes rebosantes de admiración, si visitase este país, independientemente de la sombra de Pedro que le acompaña, ganándose la aceptación de todos y cautivando corazones, cuando se mostrase en persona, en carne y hueso, gracias a la majestad de su presencia y al prestigio de su nombre". Ni que decir tiene que esto ocurrió más de cien años después, con ocasión de la visita de Juan Pablo II a Gran Bretaña.
En abril de 1851, el arzobispo Cullen, de Armagh (Irlanda), escribió a Newman para pedirle consejo acerca del nombramiento de rector para la nueva Universidad Católica de Irlanda, y para preguntar si "dispondría de algún tiempo para pronunciar algunas conferencias sobre educación". (...)
Fue durante esa época cuando Newman predicó el que quizá sea el mejor de sus sermones e, indudablemente, el más famoso de todos ellos, "La Segunda Primavera", predicado en julio de 1852 en el primer sínodo, celebrado en Oscott, después de la restauración de la jerarquía católica en Inglaterra. Todos los nuevos obispos asistían a esta obra maestra de retórica. "El pasado ya ha caducado; el pasado está muerto", y sin embargo, "el pasado ha vuelto, el muerto vive". Los católicos de Inglaterra han sobrevivido, aunque "en rincones y callejuelas y en los tejados; aislados del populoso mundo que los rodea, y apenas adivinados, como si los envolviera una bruma o el crepúsculo, como fantasmas que saltaran de un lado a otro, por los encumbrados protestantes, los señores de la Tierra". El tono del sermón es triunfante, pero advierte que queda mucho trabajo por hacer, que esta primavera "resultaría una primavera inglesa, una época incierta, llena de ansiedad, de esperanza y de temor, de alegría y sufrimiento... de brillantes promesas y esperanzas en ciernes pero, además, de intensas sacudidas, fríos chaparrones y súbitas tormentas". Y así ha sido.
La idea de una universidad
El legado más importante de lo que llama Newman "Mi campaña en Irlanda" fue la clásica proclama de la educación liberal: La idea de una universidad. (...)
El más destacado biógrafo de Newman, el padre Ian Ker, de Oxford, explica de este modo la esencia de los primeros Discursos que formaron La idea de una universidad: "La religión y el conocimiento no se oponen mutuamente –y no porque sean mutuamente indiferentes-, sino porque están relacionados indivisiblemente, o más bien porque la religión forma parte de la materia del conocimiento. Lo que confiere a los Discursos su carácter especial es... la tensión entre la insistencia, genuinamente incondicional, en el valor absoluto del mismo conocimiento y la convicción, igualmente firme, de que el conocimiento no es, categóricamente, el bien más elevado". Newman afirma: "La Recta Razón, es decir, la razón rectamente ejercitada, lleva a la mente a la fe católica, y siembra ésta en todas sus reflexiones religiosas para que actúen bajo su guía. Pero la razón, considerada como un agente real en el mundo, y como un principio operativo en la naturaleza del hombre, está muy lejos de tomar una dirección tan recta y satisfactoria". Las observaciones del P. Ker sugieren la importancia de la aportación del cardenal a la armonía entre fe y razón, tan abismalmente malentendida en aquella época, situación que continúa en la actualidad.
La idea de una universidad nunca ha dejado de reeditarse y siguen escribiéndose libros en respuesta a sus clásicas definiciones y razonamiento. (...) Siempre resultará controvertida para aquéllos que no consideran "el conocimiento como un fin en sí mismo" sino que más bien conciben la educación simplemente como formación para una carrera profesional o como un medio de preparar a los jóvenes para que sean ciudadanos útiles de un Estado.
"Apología" frente a un ataque
Quizá la más conocida de todas las obras de Newman, considerada como un gran clásico tanto de la literatura como de la autobiografía, es su Apologia pro vita sua. Historia de mis ideas religiosas. Éste es el libro que, finalmente, consolidó su reputación como un gran inglés y un gran católico. Newman había sido atacado de forma gratuita en una revista por el novelista Charles Kingsley quien escribió: "La Verdad, por fortuna para ella, nunca ha sido una virtud entre el clero católico. El padre Newman nos informa que no es necesario que lo sea y que, en general, no debería serlo; así de sutil es el arma que el Cielo ha dado a los santos con la cual resistir la fuerza bruta masculina del perverso mundo que se casa y es entregado en casamiento. Sea o no esta noción doctrinalmente correcta, al menos lo es históricamente".
Después de un intercambio epistolar que se prolongó algunos meses, Newman respondió a este insulto, dirigido a él y al sacerdocio católico, con su obra maestra. Escribió la Apologia para defenderse de las acusaciones de ser "mentiroso, hipócrita y taimado", y como alguien "que ha renunciado a tanto de lo que amaba y estimaba en mucho y que podría haber conservado, pero él amaba la honestidad más que la fama, y la Verdad más que a sus queridos amigos". El libro fue escrito con tanta rapidez como fue posible en seis semanas. Recibió críticas universalmente favorables y las ventas alcanzaron cifras enormes. Con lo que no sólo su reputación se vio restaurada y acrecentada, sino que incluso se acabaron sus constantes preocupaciones económicas.
No obstante, ni aun después de haber entrado en lo que él consideró sus últimos años, se vio Newman libre de polémica. El Concilio Vaticano I fue convocado en 1870 y la cuestión más importante que examinó fue la oportunidad y el alcance de la declaración de la infalibilidad del Papa. (...) Newman creía firmemente en la infalibilidad papal, pero se consideró satisfecho cuando se restringió a cuestiones de fe y de moral.
Con todo, no estaba en absoluto seguro de que la declaración fuera oportuna dado el fervor revolucionario que dominaba Europa y el fuerte antipapismo de Inglaterra y otros países. A él le parecía "un nuevo y gravísimo precedente que un dogma fuera aprobado en la Iglesia sin causa clara ni urgente. En mi opinión esto es la parte más seria del asunto". Newman decía que en realidad no había gran diferencia entre las opiniones de ambas partes.
Católicos y ciudadanos
Una de las últimas polémicas de la vida de Newman, que dio pie a una obra escrita, trataba acerca de la cuestión de si los católicos podían ser verdaderos ciudadanos ingleses. ¿A qué o a quién eran leales? Naturalmente, ésta es una cuestión que siguió planteándose hasta la elección de John F. Kennedy como presidente de los EE.UU. en l960. En noviembre de 1874 Gladstone escribió un opúsculo refiriéndose al Concilio Vaticano I que tituló: "Los decretos del Vaticano en su relación con la lealtad civil: Una objeción política". El autor afirmaba que los decretos del Vaticano I muestran que "nadie puede convertirse [al catolicismo] sin renunciar a su libertad moral y mental, y sin dejar su lealtad civil y su deber a merced de otro".
Newman tenía por aquel entonces 74 años pero se armó de valor para la empresa y, prefiriendo contestar a Gladstone de forma indirecta, escribió al duque de Norfolk, destacado laico católico, que había sido alumno del Oratory School de Newman en Birmingham. Una carta al duque de Norfolk, en realidad un libro de 150 páginas, fue publicada en 1875. Newman utilizó la carta para explicar la posición católica moderada y para reprender los excesos de los ultramontanos. (...)Asegura que la auténtica objeción de los protestantes ingleses no se dirige al papado sino a la Iglesia: "Ellos no creen que Cristo estableciera una sociedad visible, o más bien un reino, para la propagación y el mantenimiento de su religión, para que sirviera de necesario hogar y refugio para su pueblo; pero nosotros creemos". En cuanto a Gladstone: "No es la existencia de un Papa, sino la de una Iglesia, lo que provoca su aversión".
Aunque Newman prosiguió con su voluminosa correspondencia, esta polémica fue la última. (...) La lectura de Newman exige un esfuerzo intelectual, pero es un gusto refinado y enriquecedor que una vez adquirido nunca se pierde.
C.J. McCloskey, sacerdote, es director del Centro Católico de Información de Washington, DC, y presentador de una reciente serie de televisión sobre el Cardenal Newman emitida por EWTN.
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John Henry Newman. Una biografía (artículo resumido)
John Henry Newman: A Biography
Autor: Ian Ker.
Palabra. Madrid (2010). 793 págs. 39 €. Traducción: Rosario Athié, Josefina Santana, Javier Martín Valbuena.
Firmado por Pedro Urbano.
Fecha: 30 Junio 2010
Su próxima beatificación, (...) está suscitando, un interés creciente por la figura del cardenal Newman y, en consecuencia, por su pensamiento.
En palabras de Benedicto XVI, “Newman es un ejemplo de fidelidad a la verdad revelada”. Es también un gran escritor y comunicador, ya desde la época de juventud y de servicio pastoral en el anglicanismo. Es una de esas personalidades intelectuales de las que la Iglesia está tan necesitada hoy en día, hasta el punto de que no es descabellado suponer que, como dice Ker, en el futuro podremos contar a Newman entre los doctores de la Iglesia.
La biografía de Ker ha sido alabada en multitud de ocasiones desde que apareciera en la década de los 80 del siglo pasado. (...)
La solvencia del autor se prueba en la capacidad realmente excelente de manejar unos materiales muy complicados, como son las cartas autógrafas de Newman, de las que se conservan más de 20.000, para trazar con coherencia una figura realista y detallada de Newman en cada uno de los pasos fundamentales de su vida: orígenes, formación religiosa y académica anglicana, conversión al catolicismo y empresas intelectuales y apostólicas de gran relieve, hasta ser creado cardenal al final de su vida, cuando continuó manteniendo una inmensa actividad como figura de gran peso en Inglaterra.
La biografía nos presenta a un Newman infatigable, siempre asediado por dificultades de todo tipo, pero confiado en la gracia de Dios y en los caminos, nada fáciles, por donde era conducido para cumplir con la voluntad divina. La conciencia religiosa, su conciencia personal para vivir en Dios y conforme a su querer, es el conmovedor trasfondo de una historia que terminará en los altares de la Iglesia católica el próximo mes de septiembre. (...)
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